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July 15, 2002

Posted by Tindriel in Yo soy yo.
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12.07

Después de un largo y árido fin de semana caluroso, regreso a este blog con las pilas a medio cargar. Lástima de recarga perdida por el desagüe.

Recuerdo que a finales del año 2001 estaba deseando que terminara, que comenzara un nuevo año para que las cosas mejoraran. La gran mayoría de la gente a la que aprecio no lo estaba pasando bien, y sólo queríamos pasar página. Como si el ser 1 de enero fuera muy diferente al 31 de diciembre. Supongo que todos pensábamos que al dar las campanadas un viento benéfico se llevaría los malos rollos y sólo nos traería felicidad. O al menos tranquilidad. Ahora, en el ecuador del 2002, tengo la misma obsesión. pero ya sé que cambiar de número, ser un año más viejo, no va a cambiar nada. Sólo nos hará un año más sabios, que al fin y al cabo sólo se trata de bregar mejor con la infelicidad diaria.

Odio ver cómo la gente a mi alrededor sufre, y que yo no pueda hacer nada. Siempre me pregunto qué es lo que podría hacer para arrancarles una sonrisa, una mueca que les haga olvidar los problemas y dar gracias por existir. Y cuando no lo consigo, me frustro. Tanto, que siento que no sirvo para nada, y los nubarrones que pueblan su cabeza emigran a la mía, oscureciéndome la existencia. A veces sólo es momentáneo, otras dura más.

Hace poco una amiga me habló del problema que suponía tener “demasiada empatía”. Y estoy completamente de acuerdo. Te acabas implicando tanto con lo que les ocurre a los demás que acabas convirtiendo en tuyos sus problemas. Y si a eso le añadimos que siempre he “cumplido expectativas”, haciendo lo que los demás esperaban que hiciera, las cosas se ponen aún más feas para mí. Todo el mundo espera que sea casi perfecta en esa pequeña parcela que les toca de mi existencia. Y si cometo un solo error, las consecuencias son nefastas. Desde reproches a pérdida de confianza, directamente.

Pero hay algo que tengo que reconocer. Yo misma he fomentado ese deseo de perfección en cada cosa que hago. Sacar un notable era un fracaso, no sólo para mis padres, sino también para mí. Tanto que este año no me conformaba con licenciarme, además tenía que hacerlo fráncamente bien. El resultado: unas notas estupendas, unos 4 kilos menos y un inicio de úlcera “estupendo”.

Mi amigo Alberto hace teatro. Lo hace bien, no porque sea buen actor (que, en mi humilde opinión, también), sino porque lo toma como un pasatiempo. Algo que hace para relajarse y divertirse. Alguna vez hemos hablado de si a mí me gustaría o no apuntarme. Pero, aunque la respuesta es sí, sé que no podría hacerlo. Mi afán de perfeccionismo me llevaría a tener que ser, al menos, tan buena como Jodie Foster, Katherine Hepburn o Bette Davis. A recitar los versos de Shakespeare como si no hubiera hecho otra cosa en mi vida. Y claro, eso es imposible. Pero aunque lo sé, no serviría de nada. Me frustraría y me sentiría un fraude, obligándome a dejar algo que podría sentarme francamente bien. En vez de relajarme, me estresaría más, y mi úlcera crecería a un ritmo vertiginoso…

Quizás un gran amigo mío tenga razón, y debería dejar ya de encarcelarme por lo que los demás piensen, sientan o esperen.

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