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August 6, 2002

Posted by Tindriel in Yo soy yo.
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15.04

Cuando era pequeña y mis padres “destrozaban” mis delicados tímpanos (acostumbrados a Teresa Rabal y Parchís) con melodías nostálgico-sesenteras, sólo había tres canciones capaces de despertar mi sensibilidad dormida: Al Alba, de Aute, El hombre del piano, de Ana Belén y la adaptación que Serrat hizo del poema que voy a transcribir. Esta última era la que más emoción me producía, llevándome más de una vez hasta el llanto. Era tal el encanto que mi madre optó por comprarme, a la tierna edad de 7 u 8 años, un libro de poemas (edición para niños) de tan insigne escritor (le siguieron Lorca, Alberti, Machado…). Lo leía cada noche, en un intento de recuperar los instantes mágicos que la canción me hacía vivir. Crecí, me hice mayor y mis oídos se fueron desacostumbrando al esperpento. Aprendí a apreciar otras canciones de estos autores y de otros (a Sabina le descubrí con Princesa), pero esas tres siguieron formando parte de lo que era, de lo que soy. Cuando trabajaba en la radio hicimos un día un programa dedicado al oyente. Se podía llamar y pedir una canción para alguien especial. Los agraciados recibían una llamada telefónica en la que se les decía quién había solicitado la canción y por qué, y luego se escuchaban las melodías. Yo decidí llamar a mi madre y dedicarle el poema-canción de Serrat. Casi lloramos las dos recordando cuando yo aún era una niña y le pedía casi a cada hora que me la leyera.

Ayer encontré un cuaderno de poemas donde estaba transcrito. Quizás incumpla miles de leyes, pero no me importa. La belleza debe ser patrimonio de la humanidad.

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.

Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla;
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

Nanas de la cebolla (Miguel Hernández)

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