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September 5, 2002

Posted by Tindriel in Pasiones.
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12.09

Me duele hasta el último músculo de mi cuerpo, incluidos esos que piensas que no te pueden doler o los que ni siquiera sabes que existen. Pero aunque teclear estas líneas me está exigiendo un esfuerzo sobrehumano, estoy muy alegre. Cansada, pero feliz.

Todo comenzó a las ocho de la noche de ayer, día cuatro de septiembre. A esa hora llegaba yo al teatro Lope de Vega de Madrid. Curiosos, alborotadores, invitados y personajillos a la busca y captura de una entrada se agolpaban en la escalera. Del interior sólo se veía un brillo azulado, el resplandor de algunas velas y un humo blanco que cubría los pies de los que ya estaban dentro. Mi acompañante y yo decidimos entrar cuando Leo Bassi aprovechó la congregación de la multitud para publicitar su espectáculo, a hombros de 7 jovencitos voluntariosos. No quise quedarme a escucharle, me pareció bastante hipócrita su actitud de rechazo a todo, pero aprovechándolo para darse notoriedad.

Pero sigamos. Dentro la iluminación era escasa. Telas negras, cirios en enormes candelabros de metal invitaban a los asistentes a sumergirse en la atmósfera mágica del musical. Las butacas rojas del teatro contrastaban furiosamente. Ocupamos nuestras localidades (fila 7) y todos nos dispusimos a soñar, reir y llorar durante dos horas.

A los primeros acordes el público estaba entregado. Con la primera canción no se oía ni una respiración en la sala. Y así durante la hora que dura el primer acto. Con el intermedio llegaron los cigarros consumidos a toda prisa y los primeros comentarios de elogio. Los de la productora oscilaban entre el orgullo, el miedo y los nervios, siempre traicioneros. Entre los espectadores despistados, uno de excepción: el autor de la adaptación teatral. El rumor de que estaba allí se iba propagando, pero pocos eran los que podían preciarse de conocer su rostro. El equipo artístico anglosajón iba de un lado a otro, cuidando que el segundo acto estuviera también milimetrado. Carreras, empujones y algún grito pidiendo dos minutos más para los actores.

Una voz por megafonía nos anunció que estaba a punto de comenzar el desenlace. Corrimos todos a ocupar nuestras butacas, incluso aquellos que llegaron tarde al principio de la obra. Y volvieron las lágrimas, las risas, la música y los asombrados murmullos cada vez que descubríamos un detalle más del montaje. Otra hora y la oscuridad se hizo en el escenario. Cayó el telón, se encendieron las luces y los ánimos de los espectadores. Los menos tímidos nos pusimos en pie, y el resto nos secundó poco a poco. Las palmas dolían y habían adquirido ya el tono de las butacas, pero poco importaba. Firmes, todos queríamos ver al artífice de aquella maravilla que nos había sumergido en la atmósfera de principios de siglo pasado. Y no nos decepcionaron. Un saludo no ensayado arrancó más silbidos, gritos y aplausos de los que ese teatro recuerda.

Poco a poco abandonamos la sala, y entre copas de vino y canapés los protagonistas de la noche recibieron las felicitaciones de quienes habíamos llorado y reído, amado y odiado con ellos. Cansados y con la sonrisa puesta no terminaban de creerse ninguno de los halagos recibidos. Con un asomo de temor en los ojos aún preguntaban cómo serían las críticas. Se jugaban mucho y lo sabían. Pero habían dado lo mejor de sí y habían conseguido conmocionar y levantar a 1.400 personas. Esa será su recompensa las próximas noches. Aún lloran cuando lo piensan.

Tras el acto público, la intimidad. Una fiesta privada para celebrar no sólo su éxito, sino los meses de duro trabajo que ya llevan a la espalda, y los que les quedan. Pero esa, ya es otra historia…

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