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September 9, 2002

Posted by Tindriel in La vida, Yo soy yo.
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15.49

Hoy he ido a la peluquería a cortarme el pelo. Sí, ya sé que quien esté leyendo ésto pensará que menuda gilipollez de apunte. Y sí, la verdad es que tengo que darle la razón. Quizás yo tampoco me leería algo que empezara así, si no me hubiese pasado lo que ahora contaré, y si ese hecho aislado no me hubiera hecho reflexionar.

Como decía he ido a la peluquería. Exactamente a una que hay cerca de mi trabajo y a la que no había ido nunca. Mientras esperaba a que me atendieran he echado una ojeada a revistas de peluquería (buena idea si no sabes qué hacerte y mala si lo tienes claro, en el primer caso siempre encontrarás un par de propuestas y en el segundo acabarás hecha un lío sin saber cómo cortarte…) para no ponerme en manos de la peluquera sin decir yo nada. Al principio había elegido un corte para pelo ondulado, casi con tirabuzones, pero la peluquera me ha hecho desistir, afirmando sin complejos que mi pelo no era como el de la modelo. Y estoy de acuerdo, el suyo era rubio. Finalmente ha decidido (yo no tenía ni voz ni voto) hacerme un corte que lucía una modelo (también rubia) de pelo más bien liso. Yo he intentado explicarle que mi pelo era rizado, que no me cortara mucho, esas cosas. Ella me miraba con incredulidad, y yo, claro, he dejado que hiciera lo que le diera la gana.

A la hora de peinar le he pedido que me lo dejara rizado (soy buena y sé lo que cuesta alisarme el pelo) pero ella ha insistido en que no, en que me lo alisara que además ya estaba acostumbrada. Una vez más, la he dejado hacer. Pero de pronto me ha sorprendido con una cara de angustia y una petición (“¿Dejamos las puntas para afuera?”) que demostraba hasta qué punto nunca se había topado con un pelo tan rebelde como el mío. 45 minutos después seguía alisando pelo, la pobre, mientras exclamaba “¡Pues sí que lo tienes rizado! ¡Si hasta te salen tirabuzones!”. Yo, me he regodeado en mi pequeña venganza. No había querido creerme y ahora pagaba su justo castigo. Pero claro, estas venganzas no duran mucho. Cuando ha terminado de peinarme ha afirmado (será mala pécora…) que me quedaba mucho mejor el pelo liso, que el rizado no me favorecía nada.

Al punto me he encontrado discutiendo con ella métodos para desrizar el cabello y dejarlo más liso que el de Isabel Preysler. Ella me proponía un tratamiento y yo alegaba que era demasiado caro y que, además, quemaba el pelo. Al final, he salido de la peluquería convencida de que el pelo rizado me sentaba como una patada en los mismísimos y que lo que debía hacer era quemarme la cabellera y acabar con el azufre de la misma.

Y aquí es donde tú, oh lector, pones un curioso mohín y sigues opinando que menuda sarta de estupideces. Bueno, pues ahora no te doy la razón. Tengo 25 años, llevo 25 años con el pelo rizado (unas veces más y otras menos) y nunca había pensado en hacer ninguna barbaridad con él. Es cierto que a veces me quejo, y que a veces (sobre todo con la humedad) resulta molesto. Pero me gusta mi pelo, me siento cómoda con él, y muy rara cuando me lo aliso. Pero hoy he dudado y he estado a punto de cometer una barbaridad. Y cuando he “despertado” he entendido cómo deben sentirse (en cierta medida) aquellas personas que se someten a operaciones de cirugía estética no por salud, sino por mejorar su aspecto, por cambiarlo. O las anoréxicas que dejan de comer para dejar de tener curvas.

Todos dependemos mucho de lo que los demás opinen de nosotros, nos guste o no, queramos admitirlo o no. Es verdad que algunos tienen unos círculos de influencia más grandes que otros, pero todos tenemos personas cuya opinión nos importa, incluso nos puede hacer dudar de nuestra valía. Si yo casi me abraso el pelo por una tía a la que no conozco de nada, ¿qué no haría si se tratara de mi madre? ¿O de mi mejor amiga? ¿O incluso de mi pareja? Y yo he podido resistir a la tentación, pero ¿y alguien con menos autoestima? ¿con menos capacidad crítica? Siempre pensé que quien hace barbaridades para cambiar su aspecto tenía problemas, pero no me había dado cuenta de que quizás el problema no era sólo suyo, sino que a lo mejor los demás también tenían parte de responsabilidad en las barbaridades.

Recuerdo ahora un anuncio de ¿mayonesa? ¿queso desnatado?…no sé, de una marca de productos “light” (eso seguro). Dos chicas están en una terraza tomando un aperitivo. Una se mira al espejo mientras enumera la retahila de críticas que su chico hace a su cuerpo (que si tengo poco pecho, mucho culo, tripita…). Al final, se da la vuelta y afirma con una sonrisa que ella se encuentra “estupenda”. Y las dos se ríen bromeando con el olvido del susodicho criticón. Bueno, pues esa es la actitud que hay que tener cuando te dicen “no me gusta tu nariz” o tus piernas, o tu pecho, o… Dicho de otro modo, “si no te gusta, no mires”. Y, en cualquier caso, no criticar por criticar. Pensar que lo que tenemos delante es una persona a la que nuestros comentarios pueden herir más de lo que creemos. Nunca hay que mentir, pero tampoco llegar a crearle un trauma porque a nosotros no nos guste algo de ella. Cuando se quiere a alguien se hace con lo bueno y con lo malo. ¿O no?

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