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October 14, 2002

Posted by Tindriel in La vida.
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12.01
La teoría dice que los fines de semana se hicieron para descansar, pero la práctica me dice que en mi caso no es así. Después de una semana terrible, esperaba el descanso, al menos el dominical, como agua de mayo. Pero se me olvidaba que yo jamás descanso, algunas veces por mi culpa y otra por un cúmulo de circustancias de la que nadie, y digo nadie, es responsable. Así que, por favor que quien lea esto no se sienta mal, que ya soy mayorcita y si hago las cosas es porque me da la gana.

Pero primero, la semana. El jueves (mal día para mi revista) un fallo de comunicación con el informático provocó la desaparición de todos mis archivos. Es decir, del trabajo de año y medio. Mi desesperación os la podeis imaginar. Al final estuve en la redacción hasta las doce de la noche repasando 734 documentos para descubrir al final que había perdido casi toda la documentación recabada en este tiempo, así como buena parte de las listas de contactos que guardaba en el ordenador. Un desastre.

Y el fin de semana me ha servido para descubrir que gente muy cercana a mí, gente a la que quiero, no lo está pasando bien. Y yo me siento impotente, porque lo único que puedo hacer es decirles que aquí estoy para lo que quieran, que voy a intentar hacer lo posible para que recuperen la sonrisa. Pero me siento inútil, porque no sé como hacerlo. A veces hablar de ello es suficiente, pero otras no, y me da la sensación de que ésta es una de las situaciones en las que, por desgracia, prima la segunda opción. Me gustaría hacer más de lo que hago, pero no sé qué. Y me duele la cabeza de tanto darle vueltas a las cosas sin encontrar solución. Sin saber mejor que ayer qué es lo que puedo y debo hacer.

Y escribir mi “famosa” columna no me ha ayudado. Debía ser graciosa cuando tenía ganas de llorar, y no sé cómo ha salido. Ni sé qué dirá mi director cuando la lea. Ni tampoco sé si me importa. Descansaría feliz si supiera que este fin de semana no he hecho daño a nadie, si supiera que de verdad he ayudado un poco. Si tuviera la certeza de que una de las sonrisas que han esbozado en estos días ha sido por mi actitud con ellos. Si supiera que he servido para algo.

El miedo sigue agarrado a mi garganta, y no creo que, esta vez, me deje. Lo siento por tí, que acabas de conocerme y a lo mejor crees que podría salir bien, pero ahora mismo no puedo. Estoy convencida de que saldría todo mal, de que no puede ser. El miedo, una vez más, es más fuerte que yo. Lo siento.

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