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November 22, 2002

Posted by Tindriel in Aquellos maravillosos..., Yo soy yo.
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14.30

Recuerdos de mi infancia vienen a mi cabeza en tropel. Debería llorar, pero no puedo. Quizás porque estoy en el trabajo, quizás porque me he vuelto a secar de lágrimas.

Recuerdo cada sonrisa, cada palabra amable, cada caricia. Cosas que había olvidado hace años y que, de pronto, reaparecen. Como si sólo estuvieran esperando la señal para salir disparadas. Recuerdo incluso las imágenes satinadas de las fotografías. Aquellas escenas que viví pero no recuerdo, se presentan como fragmentos de una realidad que ahora tengo que recuperar y esforzarme para no perder de nuevo. Porque esta vez quizás sea la definitiva.

Recuerdo una escena, cuando existían los billetes de 100 y 200 pesetas. Estábamos en Sotillo toda la familia. Yo, como casi siempre, iba a mi aire. Era la más pequeña, sólo tenía un primo de mi edad. Pero era chico e iba con los otros chicos. En un momento, alguien comenzó a repartir una paga para que fuéramos a comprarnos algo a la tienda. Yo llegué tarde, y me quedé sin nada. Recuerdo que lloré, no porque no tuviera dinero como los demás, sino porque para ellos no contaba como los demás. Me habían olvidado, y había sido tan fácil…

Me fui a una esquina, sola, a rumiar la amargura del primer olvido. La primera disculpa tras la primera puñalada. Entonces él vino hacia mí. Me miró, se sentó conmigo y me abrazó. Me besó el pelo mientras me repetía que no llorara, que era muy especial y que si alguien no se había dado cuenta, y por eso me había olvidado al contar, es que era tonto. Me volvió a abrazar. Secó mis lágrimas, se levantó y de su bolsillo sacó un billete de 200 pesetas, mucho más de lo que les habían dado a los demás. Entonces mis padres no tenían mucho dinero y ese billete era una fortuna para mí. Me quedé mirándole con cara de sorpresa mientras me lo ofrecía. Sonrió y me dijo que merecía más que los demás, porque yo era muy especial.

Nunca gasté ese dinero. Era la prueba de que mi abuelo me quería. Hoy me encantaría saber donde está el billete. Querría cogerlo, acercarme a su cama y ponerlo entre sus manos. Para recordarle lo que una vez nos unió. Para decirle que yo también le he querido siempre. Aunque él no pudiera entender mis palabras ahora.

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