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November 29, 2002

Posted by Tindriel in Yo soy yo.
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Viernes 29, 2.01 de la madrugada

Llevo casi toda mi vida haciendo exactamente lo que la gente espera de mí. Escuchando cada consejo, cada petición, y siguiéndola al pie de la letra. Intentando, de esa manera, no defraudar a nadie. Ser aceptada de algún modo. Solo cuando tengo confianza con alguien, y si creo que no me va a rechazar, muestro algo de mi verdadero yo. Retiro un poco la máscara que me cubre, y dejo echar un vistazo. Hay gente, es verdad, con la que eso no ha ocurrido. Con la que todo ha sido fácil desde el principio, y con los que he sabido siempre que podía ser yo misma, casi sin miedo.

Estoy cansada de hacer así las cosas. Muy cansada. Estoy harta de que la gente me diga cómo debo comportarme en cada momento, y luego se enfaden o disgusten porque les haga caso. Llevo una semana entera sin llorar. Mi abuelo murió el viernes, y ni siquiera pude despedirme de él con lágrimas. Nadie quería dejarme. Mi familia, porque me pedían que me mantuviera fuerte. Como si el hecho de que yo llorara pudiera hacer temblar los cimientos del mundo. Así que no lloré. Fui fuerte, o lo que fuera, y contuve mis lágrimas en todo momento. Cuando parecía que iba a flaquear siempre había alguien a mi lado diciéndome que no lo hiciera, que mantuviera la entereza. Con mis amigos no fue muy diferente. No por ellos, sino por mí. Quería demostrarles que, a pesar de todo, estaba bien, entera. Quería que la imagen que mi familia tenía de mí, la vieran ellos también. Así que me comporté con cierta “dignidad”. E intenté reírme de las situaciones absurdas que a cada momento se sucedían. Y que no fueron pocas. El resultado ha sido una congoja contenida, la “admiración” de algunos, la sensación de ser una mala persona. El enfado de mi familia por mi frialdad en cada momento.

Hoy las lágrimas han vuelto a mis ojos, por motivos distintos. Pero las he mantenido a raya, y nadie las ha visto. Ni siquiera yo. Hoy sí han temblado mis cimientos. Me he sentido de más en aquel bar tan familiar. He perdido mis referencias, y no recordaba cuál era mi papel en el mundo. Me he ido con la sensación de que, quizás, debería haberme ido directamente a mi casa. Llevo unas horas rumiando estos sentimientos, y sigo opinando lo mismo. No debería haber ido.

Esta tarde, jueves, he enviado un CV a una empresa que tenía un puesto vacante en su gabinete de prensa. Cuando lo he hecho no sabía muy bien cuáles eran mis motivos. Por qué me interesaba por algo que me quedaba tan lejos geográficamente. Simplemente lo he hecho. Y mientras se lo contaba a alguien pensaba si no me estaría equivocando, aun cuando es casi seguro que la historia quede en nada.¿Realmente existía alguna posibilidad de que yo me marchara tan lejos? En ese momento comenzaba a creer que no, que solo había sido un impulso. Algo que se hace y de lo que luego te arrepientes.

Pero mientras caminaba a casa, intentando retener mi tristeza en los límites de lo razonable, he cambiado de idea. Sí quiero irme, marcharme lejos de aquí, de la vida que me he buscado con mis errores y, sobre todo, con mis aciertos. Si en ese momento me hubieran dicho “vente mañana”, no lo habría dudado un instante. Sin maleta, sin posesiones, sin pasado. Me habría marchado con la mente puesta en una sola cosa, no volver a andar el mismo camino.

He parado en el videoclub y he hecho lo que la gente que no tiene ningún plan mejor que pasar solos el fin de semana, aunque no quieran, suele hacer. Alquilar una película. Bueno, dos. Una estupenda y triste, otra peor pero de puro entretenimiento, de encefalograma plano. Acabo de ver esta última y no me ha hecho sentir mejor, quizás porque esta vez si he visto y sentido el lado triste de la historia.

Pero no importa. También saldré de ésta. De las decepciones nuevas, las antiguas, las incondicionales. Volveré a arrancarme la tristeza a golpe de bromas, quizá. O a golpe de racionalidad, si eso no funciona.

De momento, este fin de semana, por primera vez en mucho tiempo apagaré el móvil. Estaré completamente incomunicada, o al menos lo intentaré. Acudiré a los compromisos ya concertados, pero no aceptaré ninguno nuevo. Este fin de semana haré un análisis de lo que hice bien y lo que hice mal, para no repetirlo. Para no cometer de nuevo el error de implicarme en una relación y “viciarla” con mis hábitos. Esta vez voy a romper la regla. No pasaré las horas esperando llamadas que, de antemano, sé que no van a llegar. Esta vez, no pienso quedarme esperando en la vía mientras veo como el tren se aleja. Ahora, yo iré montada en él. Sola.

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