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December 23, 2002

Posted by Tindriel in Yo soy yo.
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12.24

Cuando alguien declara rotundamente que odia la Navidad, el resto del mundo le mira como si fuera un hereje. Parece que puede odiarse cualquier otra fiesta del año, pero que está prohibido no tener sentimientos de felicidad y amor hacia “estos días”. Bien, pues yo odio la Navidad. Odio en qué se ha convertido.

Tengo una gran familia, por parte de madre, que creo ha visto demasiadas veces la saga de “El padrino”. Cierto es que nos encanta (sí, yo también me incluyo) reunirnos, y que en general lo pasamos muy bien todos alrededor de una mesa. Pero a veces llevan ese sentimiento al extremo (eso sí, en parte es genial saber que tienes más de 40 personas dispuestas a hacer lo que sea por tí, aunque ni siquiera les caigas bien). Les quiero mucho, y me gusta verles, pero no todos los días. Y menos por obligación. Perderse una Nochebuena, o una Nochevieja familiar es todo un riesgo que pocos deciden tomar. Da igual si tienes pareja y esa pareja tiene una familia. Lo prioritario debes ser tú, y tu familia.

Pero no sólo eso. Además estás obligado a pasarlo bien, a disfrutar de la compañía. A estar de un humor inmejorable y a derrochar amor por todos los poros de tu cuerpo. Y si no sientes nada de eso, pues te jodes y actúas “¿o es que quieres arruinar la cena a toda la familia?” (frase que jamás me han dicho pero que he oído decir). Insisto les quiero, pero no pueden pedirme que esté todo el santo día con la sonrisa en la boca. Y menos si echo en falta a gente con la que querría estar.

Y por último están los regalitos. Me encanta dar, en serio. Me vuelvo loca haciendo regalitos y regalos. Me gusta comprarlos, pensar en la cara que van a poner. Pero siempre a la gente que quiero y cuando a mí me apetezca, no cuando dicte el centro comercial de turno.

Las Navidades eran un buen invento para la humanidad, pero lo son aún mejor para los empresarios.

En fin, como se nota que mañana me toca la primera, de una larga lista, reunión familiar. Menos mal que Athe estará por allí luego, para que pueda mojar en buen ron (de garrafa, por supuesto) y olvidar el empalago de lo que va a ser la cena.

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