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Las marmotas January 26, 2004

Posted by Tindriel in Otra mirada.
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–Tengo la misma vida sexual que las marmotas. Nula.
Casi me ahogo cuando Cristina me hizo esa confesión con el primer café de la mañana. Oir hablar en esos términos de las relaciones de cama de dos de mis mejores amigos era más de lo que podía soportar tan temprano. Además, ¿qué se dice en esos casos?
–Llevamos dos años viviendo juntos y cada vez es más como si viviera con un amigo.
–Yo os veo bien.
Inmediatamente me arrepentí de soltar aquello. ¿Quién le dice a una amiga “yo os veo bien” cuando ella te lo está negando con hechos? Pues bien, yo. A las nueve y media de un sábado, tras un noche de juerga y sin un gramo de cafeína en sangre, dicho sea en mi descargo.
–Cariño, no nos acostamos desde hace dos meses… Hay amor, hay mimos y hay sorpresas. Pero la pasión desapareció hace mucho. Está más agotada que un atleta tras ganar los 5.000 metros.
–Ya sabes que todas las relaciones pasan por baches. Es lógico que tras tres años de relación, y dos viviendo juntos la cosa se haya enfriado. ¿Has probado a sorprenderle, a comprarte lencería picante, a jugar?
Su cara no dejaba lugar a dudas. Lo había intentado todo. Y encima tenía que escuchar los consejos de alguien que jamás había vivido lo mismo, porque sus relaciones nunca habían llegado tan lejos.
–No digas tonterías. Ya no le excito, no le resulto atractiva, y eso es el comienzo del fin. Estoy segura.
– Eso sí que no me lo creo –afirmé tajante– Sólo estáis pasando una mala época. Todo pasará, sólo dale tiempo.
No quise decir que el tener dos camas pequeñas, en vez de una, podía no ayudar a la situación. Que la comodidad –siempre las mismas caricias, la misma postura–, tampoco.
–Antes no era así. No éramos así. Echo de menos la pasión del principio, y mi descaro. Cuando era soltera todo resultaba más fácil, más excitante.
¿Más fácil? Horas después, sóla en mi buhardilla, no podía creer que hubiera dicho eso. Y que lo hubiera dicho convencida. Yo seguía soltera, y si bien no tenía que lidiar con el problema de la pasión perdida con mi pareja, no era menos cierto que tenía otros problemas.
El primero, encontrar a alguien. El segundo, que encajáramos. El tercero, que no fuera uno de esos especímenes rompecorazones de los que siempre me colgaba. Y luego, cuando resultaba que sí era de esos –siempre lo eran– reconstruir mi vida.
Y estaba el sexo. Si es difícil decirle a tu pareja que el que te chuperretee el cuello no te pone nada, ¿cómo decírselo a alguien que conoces desde hace dos días y con el que no tienes ninguna confianza?
Isabel, por supuesto, tenía una versión diferente.
–Si no tengo confianza es porque no le conozco, si es así no me importan sus sentimientos, por lo que tengo más libertad para decírselo. Y si no le gusta, puerta. ¿Por qué aguantar algo que odio para conseguir un orgasmo si puedo proporcionármelo yo sin molestias?
La verdad es que Isabel tenía razón. Aunque a mí me costara pasar del dicho al hecho.
Dos días más tarde Cristina me llamó. Eufórica, y sin aire.
–Lo retiro, cariño. No quiero ser soltera nunca más.
Unos ruidos extraños seguidos de un pitido intermitente me indicaron que las marmotas debían tener una vida sexual muy activa.

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