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January 27, 2004

Posted by Tindriel in Otra mirada.
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Siempre me han fastidiado las bodas. No porque no sean la mía, sino porque un alto porcentaje de los asistentes se empeñan en pensar –y decir en voz alta– que debería ser la siguiente. Y lo peor es que parecen no comprender que lo que a mí me gusta es la vida marital, y no el matrimonio.
Pero cada cierto tiempo hay que hacer un esfuerzo, sacar el traje comprado para la ocasión, acudir a la peluquería y, con una copa en la mano, mentir a los invitados y hacerles creer que tú también deseas casarte. Afortunadamente esta vez no estuve sola. Mis amigas desde el instituto Isabel y Andrea también lucieron palmito –y soltería–. La primera, como yo, en calidad de amiga de la familia. La segunda, como hermana mayor de la novia.
Lo mejor de las bodas es el banquete. No por la comida, sino porque te permite echar un vistazo a los solteros invitados –reconocibles por su cara de niño perdido en un supermercado– y acercarte a ellos sin necesidad de disimulos. Además es bien sabido que el vino despierta otros apetitos, que pueden saciarse durante el baile.
Después de nuestra rueda de reconocimiento las tres coincidimos en que no había nada presentable. Una boda más sin una pizca de morbo. Desde que tengo quince años llevo escuchando historias de encuentros rápidos en los baños del restaurante donde se celebra el banquete o de noches locas con los testigos. Pero jamás había sido protagonista de una de ellas –una vez tuve un novio que luego se hizo cura, pero esa es otra historia– y esta boda prometía unirse a la lista.
Pero al sentarme en la mesa descubrí con sorpresa que el chico que me había tocado a la izquierda era todo un bombón. Unos treinta y cinco años, uno ochenta de altura, moreno de pies a cabeza y de espaldas anchas. Isabel y Andrea me miraban con envidia desde el otro lado de la mesa, y no dudaron en iniciar un inocente coqueteo. Andrea jugaba con el tirante de su vestido azul mientras Isabel intentaba que el chico no se perdiera detalle ni de su melena negra ni de su escueto vestido rojo. Pero ya fuera la distancia –o mi encanto– el caso es que gané la batalla.
Las miradas, el coqueteo y las caricias, cada vez menos involuntarias, fueron subiendo de tono a medida que desfilaban los platos y para la hora de los postres yo tuve que ir al baño a refrescarme. La sorpresa me la llevé cuando, a los dos minutos escasos, el chico en cuestión abrió la puerta del baño de mujeres sin ningún disimulo. Media hora después –cuando el sorbete se había derretido y la tarta había perdido consistencia– reaparecimos en el salón con una sonrisa que poco dejaba a la imaginación.
A partir de ahora miraré las bodas con otros ojos. ¡Seguro!

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