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De las exigencias February 16, 2004

Posted by Tindriel in Yo soy yo.
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14.15

Definitivamente la pasada fue una semana extraña. Y sólo en ciertos momentos, agradable. Perdí amigos, metí la pata con otros, descubrí desagradables realidades, asusté a mis conciudadanos mientras lloraba por la calle y, sobre todo, me comí la cabeza hasta que estuvo a punto de estallar. Triste que siga haciendo estas cosas cuando sé que no me benefician.
Pero, al menos, hice una serie de descubrimientos que, a la larga, seguro que son para mejor.
Toda mi vida he tenido un elevado nivel de autoexigencia (sorprendidos, ¿verdad?). Y toda la vida he pensado que, además, tenía toda la culpa de tenerlo. De forma que siempre me hacía sentir mal, por tenerlo y porque nunca llegaba a esas metas impuestas. Y sí, claro que tengo la culpa. Pero no toda.
Este fin de semana, a raíz de un suceso bastante desagradable, le dije a una amiga que lo que más me dolía era que, si yo fallaba, no tenía derecho al beneficio de la duda, a una segunda oportunidad. Parecía que, si cometía un error sería juzgada con la mayor de las durezas. Nadie se preguntaba si quizás lo había hecho sin querer, nadie se planteaba que, quizás, me hubiera equivocado. No. Yo no tengo derecho a equivocarme. Y según ese principio, todo lo hago con una intención: buena si acierto, y la peor si no hago lo que “se espera de mí”. POngamos un ejemplo: alguien acude con su pareja/su madre/un amigo a un concurso televisivo de preguntas y respuestas. Si acierta, se debe a su inteligencia y conocimientos. Si falla, lo hace por molestar, porque no quiere que su acompañante se lleve un duro.
Bien. Si encima ese concursante tiene, de por sí, un nivel alto de autoexigencia, la actitud de los demás sólo conseguirá que ese nivel se eleve hasta alcanzar cotas imposibles. Bueno, eso si, como a mí, le suele importar lo que opinen los amigos, parientes, y demás gente cercana (como jefes, profesores y demás). Se trata de dos cuestiones: no decepcionar, y que no piensen lo peor de uno.
Pensé que había superado esta situación. Que ya se habían borrado los muros, eliminado las barreras y, sobre todo, suprimido los baremos de los demás. pero no es así. Este fin de semana he cometido un error y , una vez más, he sido juzgada con la mayor de las durezas. Acusada en falso de mantener actitudes y opiniones distintas a las reales. La persona que lanzó esas acusaciones no se molestó en preguntarme primero la intención de mi “error”. No tuve derecho a abogado. Aunque sí a una apelación, todo hay que decirlo.
La situación del fin de semana se solucionó felizmente, creo. Se habló, se discutió y se entendieron las posturas. No queda en mí un ápice de malestar por ello. Sólo la vuelta de una sensación que creí olvidada, el pensar que se estaba cometiendo una injusticia conmigo, el recordar que, durante casi toda mi vida, siempre se me ha estado exigiendo la perfección. Un notable era un sacrilegio, en casa y en el colegio/instituto/universidad. Un momento de debilidad en una dieta era un fracaso total de ésta. Un guisante en el suelo, el símbolo de mi torpeza (aunque yo no hubiera comido guisantes). un mal consejo, o una comprensión no absoluta de la situación, la muestra palpable de que no era una buena amiga.
Hace no mucho otro amigo se quejó de ciertos comportamientos míos. Me pidió un cambio radical. Le hice caso, intenté evitar todo aquello que me había reprochado, hacer justo lo contrario, lo que él me había pedido. Al hacerlo, lo único que conseguí fue su enfado, alegando que, una vez más, estaba cometiendo los errores de siempre. Hablé con él, le hice ver que mi actitud había sido la contraria, y que a él le había dado igual, porque estaba dispuesto a pensar lo peor de mí, de mis acciones, de mis palabras.
Si alguien ha estado alguna vez en esta situación, sabe lo agotadora que puede llegar a ser. Yo estoy muy cansada. No soy la hija perfecta, ni la estudiante perfecta. No soy la periodista, ni la novia, ni la amiga perfecta. Y no lo seré nunca. Así que más vale que todos, yo la primera, nos vayamos mentalizando de ello.

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