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Reflexiones inconexas February 26, 2004

Posted by Tindriel in Yo soy yo.
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12.50

No me gusta sentirme enfadada con alguien. De verdad que no. Por muchos motivos que tenga para estarlo, al final acabo por pensar que soy una persona horrible. A medida que se alarga en el tiempo, el sentimiento es peor. Quizás por eso nunca he podido estar mucho tiempo enfadada con alguien. O quizás por eso me resulte tan difícil odiar. Sin embargo, esta vez la culpa no es tan fuerte, probablemente porque se han ido juntando pequeños granitos de arena procedentes de distintas playas, que han llegado a formar el desierto que contemplo ahora.
El otro día hice pública mi intención de no volver a comentar nada, de no dar opiniones, de mantenerme neutral con mis amigos, pasara lo que pasara. En los últimos tiempos he conseguido que las 4 personas a las que he dado mi opinión se enfadaran conmigo. De forma más o menos duradera, o con más o menos razón. Parece que en los últimos meses no acierto a encontrar las palabras justas, el tono adecuado. No me gusta que se me malinterprete, así que he decidido que, hasta que no encuentre otra vez mi diccionario interno, y mi modulador de tonos, lo mejor que puedo hacer es mantener la boca cerrada.
Llevo, además, unos días preocupada. No por mí, sino por alguien a quien aprecio mucho, y que no parece estar pasándolo bien. Quisiera echar una mano, pero tengo la impresión de que aquí tampoco acierto. Sé que esa persona en cuestión agradece mis esfuerzos, pero aún no he podido arrancarle una sonrisa que no estuviera influída por el calmante efecto del alcohol. Me gustaría saber qué debo decir, qué debo hacer. Si ahora se me pareciera un geniecillo de la lampara y me concediera un deseo, sería ese: encontrar la fórmula mágica para lograr que vuelva a sonreír, que los nubarrones se alejen de su vida. Esa persona me dijo no hace mucho que cada una de mis carcajadas eran oro puro. Creo que no sabe lo valiosas que son las suyas. Lo que daríamos los que estamos a su lado para poder recogerlas y embotellarlas. Así, cada vez que nos sintiéramos decaer, sólo tendríamos que destapar el frasco y escucharlas. Entonces, todo parecería mucho mejor. Y si algún día le faltaran, sólo tendría que llamarnos y, en un momento, tendría toda una cosecha que le ayudaría a plantar nuevas alegrías.
A veces me asalta la tentación de contar todas aquellas cosas que no sabéis de mi vida. Todas esas pequeñas espinas que hoy me impiden ser la despreocupada persona que me gustaría. Las pasadas y las presentes. Pero la palabra dada, y la vergüenza, acaban por impedir que desate la lengua como a veces creo necesitar. El pasado sábado pasó algo bastante tonto que me afectó demasiado. Pensé que eso no volvería a pasar, y me equivoqué. Pero ya no es el dolor de antes. Es tener la idea de que nunca seré lo suficientemente buena para nadie, de que, por algún motivo, soy inservible. Inútil o incompleta son otras palabras que ayudarían a definir lo que sentí entonces. Sola, en mi casa, intento hacerme a la idea de que eso no es así. De que esa imagen no es cierta. Y de que, si lo es, no importa. De que no necesito demostrar nada a nadie, ni siquiera a mí. De que si realmente soy una inútil, o me falta algo, debería darme igual lo que piensen los demás. O que encontraré a alguien que pueda entender cómo me siento, y que no le dé importancia a ese déficit.
Por último, en el otro blog hay nueva entrada.

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