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Sin palabras March 12, 2004

Posted by Tindriel in Noticias.
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13.55

Ayer me sentía incapaz de hablar, de escribir, de convertir en algo mensurable y comprensible los sentimientos que me embargaban. Simplemente no podía hacerlo. Era todo demasiado grande. Tampoco sé si hoy podré hacerlo, pero empiezo a necesitar sacar fuera algo, por pequeño que sea, de lo que empieza a enquistarse.
Ayer tuve un ruidoso despertar, aunque no entendí por qué asta 15 minutos después, cuando la radio empezó a desgranar la historia del horror. Pronto empezó la lucha entre la periodista y la ciudadana asustada. Ganó la primera, aún no sé por qué. Quizás porque empezaba a creerme aquello de que si quieres que algo se haga bien (en este caso que cambiara la forma de hacerse), lo mejor es que lo hagas tú mismo. A quien acuñó esa frase se le olvidó una coletilla: si estás preparado. La calle era un caos. Nadie sabía nada, nadie decía nada. Sólo los efectos más visibles daban idea de lo ocurrido. Los nervios empezaban a adueñarse de todos, a pesar de que unos cuantos, los profesionales de la información tratábamos de mantener la calma, de buscar datos que ofrecer a los demás, de intentar hacer nuestro trabajo de la mejor forma posible para aportar algo de luz en tan sombría mañana. Encontré amigos y conocidos ayer por la mañana, hablábamos en voz baja, fumábamos en silencio y, sobre todo, nos mirábamos con ojos horrorizados pensando sólo en una cosa: “¿por qué?”. Un estallido seco, respingos y algún grito apagado nos devolvieron a una realidad no del todo olvidada, a un miedo que luchábamos por no dejar entrar en nosotros.
Luego llegaron los relatos. Aquello que habíamos visto de lejos emezaba a tomar cuerpo ante nosotros. Yo casi no podía contener las lágrimas de dolor e impotencia y el “¿por qué?” dio paso al “¿cuántos?”. Reunidos en pequeños grupos, en los que nunca faltaba algún miembro de los servicios sanitarios, buscábamos consuelo e intentábamos comprender lo que había ocurrido. Por supuesto en vano.
Y entonces llegó mi fotógrafo. Con decisión me hizo seguirle, quería enseñarme algo. Ójala no lo hubiera hecho. La ceniza depositada en mis ventanas habría sido suficiente para que no olvidara el día de ayer. Lágrimas, náuseas y falta de respiración fueron mis reacciones. Y no necesariamente en ese orden. Me retiré del lugar dispuesta a no describir nunca lo que había visto. Y aguardé, junto a mis compañeros, que llegaran noticias. Pero sólo llegaban coches fúnebres. A la una menos cuarto me retiré del lugar, mi cuerpo, y mi mente, no podían asimilar más horror. Pero a lo largo del día lo siguieron haciendo.
Después de una mañana infame, llegó una tarde horrible, que llegó a su punto álgido cuando, a las siete de la tarde, tuve que ponerme a escribir la crónica de lo sucedido. No me salían las palabras. Los recuerdos se agolpaban, y buscaba la única forma de contarlo que me parecía correcta: con respeto, dolor, rabia y ausencia total de morbosidad. Si no lo conseguí no fue por no intentarlo. Ya entrada la noche me tocó poner texto a las imágenes del día. Enfrentada de nuevo al horror me sentía flaquear, y de nuevo busqué las palabras más adecuadas.
Al llegar a casa, bien entrada la madrugada, no pude dejar de notar que habían desaparecido los universitarios y sus risas. En su lugar, ocupaban las calles un silencio denso y triste, y un olor especial, desagradable, que golpeaba no sólo en la nariz, sino en el corazón.
El murmullo intermitente de las ambulancias y sirenas que resonaban en mi cabeza me acompañaron hasta que caí rendida en un sueño intranquilo. Seguían ahí al despertarme, al igual que la ceniza en las ventanas, las televisiones en la calle y el olor en el aire. Aún hoy sigo llorando.

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