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April 22, 2004

Posted by Tindriel in Literatura, Pasiones.
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Llevo una semana queriendo escribir, pero sin ponerme a ello. No tenía mucho que contar de lo que la gran mayoría de vosotros no hayáis sido testigos, y el trabajo prefería olvidarlo al salir de aquí. Al menos, en la medida de lo posible. Pero hoy he recordado algo sobre lo que sí me apetecía hablar.
Tengo la fortuna de vivir en una zona muy cercana a la Sociedad Cervantina . Cada mañana laborable, desde que me mudé, hago el mismo recorrido para venir a la redacción. Y cada mañana paso por la puerta de esta abandonada sociedad, cuya placa parece estar a punto de desprenderse. Y todos los días, a la misma hora, contemplo el mismo espectáculo, y oigo las mismas palabras. Al principio me parecía aburrido, pero ahora me las sé de memoria (sólo el trozo que escucho), y sonrío según me voy acercando al abigarrado círculo que forman los estudiantes de secundaria o bachillerato que dedican una mañana al año a recorrer el Madrid histórico y literario, y que a las 10 de la mañana suelen estar parados a la puerta de este edificio en el que se imprimió el primer Don Quijote.
Son siempre distintos, claro, pero la guía que da la explicación es siempre la misma. Bueno, salvo una semana en que debió estar de baja, en invierno, que fue sustituída por un señor mucho más aburrido. Y aunque los estudiantes cambian, sus tipos son siempre los mismos. Están los que se interesan de verdad, los que fingen por agradar a la chica de al lado (o viceversa), los que sólo agradecen una mañana fuera de las clases, los que forman jaleo… Es decir, los tipos de siempre. Y ella siempre con la misma pregunta, “¿Sabéis qué simbolizan Don Quijote y Sancho Panza?”. Y siempre la misma respuesta, por parte de ellos, medio en broma medio en serio: “El hambre y la gula”. Y aunque cada día las dos escuchemos las mismas frases, las dos seguimos sonriendo al escucharlas, quizás porque sabemos que, de ser nosotros los alumnos, la respuesta habría sido esa. Sólo una vez he escuchado una respuesta distinta, y acertó. Luego, ella se enzarza en la explicación del verdadero significado. Las bromas cesan, y yo dejo atrás el grupo. Entro en la boca de metro, y desaparezco del escenario hasta el siguiente día.
Por eso, a medida que se acercaba el Día del Libro, imaginaba que las visitas serían más asiduas, que aumentarían en número y en participantes. Pero no ha sido así. De hecho, hace unos días que nadie visita la Sociedad Cervantina. Nadie se fija en la placa, en las escaleras, en el polvo que cubre la puerta. Y lo echo en falta, la verdad. Me había acostumbrado a tener todas las mañanas esa cantinela, como una plegaria.
Mañana es el Día del Libro. Inaugurarán la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, se dispararán las ventas. En Cataluña los amigos cambiarán libros por rosas (¿por qué no regalan El Principito y juntan las dos tradiciones?). Por un día, el compañero amable que nunca me ha abandonado será el protagonista del día. Dejarán de acumular polvo, y vestirán las mejores galas para encandilar a los esporádicos compradores (para los habituales no necesitan vestirse). El año pasado Plutarquete juntó mi regalo de cumpleaños con el del Día del Libro. Ahí está, en una estantería. Mirando orgulloso. y yo lo miro y pienso, “por fin estas conmigo”. Y es que, en mis 27 años, nadie me había regalado nunca El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha.
Era uno de mis libros pendientes, que dejó de serlo. Como el Diccionario de María Moliner. Gracias chicos, de verdad. Hay otro, muy importante también. Uno que siempre veo, y, al final, nunca me llevo a casa. Mi ex novio (el que me regaló otro de los libros deseados, El retrato del artista Adolescente en la traducción de Dámaso Alonso) lo tenía y le envidiaba por ello. De hecho, sentía casi un rencor absurdo cada vez que lo veía. Porque ni él ni nadie en su familia lo había abierto nunca. Sí, claro, era el Ulysses. Pero no cualquiera. La traducción de Salas Subirat, de Planeta o el Círculo de Lectores. 934 páginas llenas de sabiduría y, ¿por qué no?, excesivo orgullo muy bien empleado. Existe otra traducción, de la que me habló el director de mi revista. de la que no había oído hablar nunca y que me dijo que era muy buena. Pero no aparece ni en el ISBN.
Hetoo me pidió hace unos días que le dejara el libro. He pensado que, mejor, le voy pasando pequeños fragmentos, capítulos, para que lo vaya leyendo poco a poco. Pero tienes que decirme si lo quieres así. Y si prefieres que los envíe por correo o los cuelgue aquí. El resto, si alguien quiere, también puede opinar.
Quedan sólo 18 años para que el sueño de Joyce al escribir el Ulisses se cumpla. Quería escribir la novela definitiva, quería escribir un libro que tuviera ocupados a los críticos 100 años. Ya lleva 82.
Para terminar, unos fragmentos. Pequeños, no os preocupéis.

Te inclinabas ante ti delante del espejo, dando un paso al frente para recibir los aplausos formalmente, cara insólita. (…) ¿Recuerdas tus epifanías escritas en verdes hojas ovales, profundamente profundas, copias que habrían de ser enviadas si murieras a todas las grandes bibliotecas del mundo, incluyendo la de Alejandría? Alguien habría de leerlas allí pasados unos cuantos miles de años, un mahamanvantara. Como Pico della Mirandola. Sí, muy parecido a una ballena. Cuando uno lee estas extrañas páginas de alguien que ha desaparecido hace tiempo uno siente que uno está con uno junto a uno que una vez …… (Capítulo 3. Proteo)

Quince hizo ayer. Curioso, el quince del mes también. Su primer cumpleaños lejos de casa. Separación. Recuerdo la mañana de verano en que nació, corriendo para despertar a Mrs. Thornton de Denzille Street. Qué vieja más jovial. A cientos de niños habrá tenido que ayudar a traer al mundo. Ella sabía desde el principio que el pobrecillo Rudy no viviría. Tranquilo, Dios es bueno, señor. Lo supo de inmediato. Tendría ahora once si hubiera vivido. (Capítulo 4. Calipso)

Y en el castiello estaba puesta una mesa que era de abedul de Finlandia y soportada por cuatro enanos de aquellas comarcas pero no se aventuraban a moverse por el encantamiento. (…) Y había vasos labrados por la magia de Mahoma con arenas de mar y aire por un encantador con el soplo que sopla en ellos asemejado a burbujas. (Capítulo 14. Los Bueyes del Sol)

Mas ¿fue avasallado el temor del joven Bravuconeador por las palabras del Sosegador? No, pues guardaba en sus entrañas una espina de nombre Amargura que no podía con palabras ser quitada. (…) ¿Oyó entonces en aquel estampido la voz de Dios Padre o, como el Sosegador dijo, un estruendo de Fenómeno? ¿Oyó? Pues cómo, él no podía sino oír a no ser que se le cegase el telescopio del Discernimiento (algo que él no había hecho). Pues a través de aquel telescopio vio que estaba en la tierra de Fenómeno donde él debería con seguridad un día morir puesto que era como los demás una sombra pasajera. (Capítulo 14. Los Bueyes del Sol)

y el mar el mar carmesí a veces como fuego y las puestas de sol gloriosas y las higueras en los jardines de la Alameda sí y todas aquellas callejuelas extrañas y las casas de rosa y de azul y de amarillo y las rosaledas y los jazmines y los geranios y las chumberas y el Gibraltar de mi niñez cuando yo era una Flor de la montaña sí cuando me ponía la rosa en el pelo como hacían las muchachas andaluzas o me pondré una roja sí y cómo me besaba junto a la muralla mora y yo pensaba bien lo mismo da él que otro y entonces le pedí con la mirada que me lo pidiera otra vez sí y entonces me preguntó si quería sí decir sí mi flor de la montaña y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí. (Capítulo 18. Penélope)

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