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August 3, 2004

Posted by Tindriel in La vida.
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00.25

Hay días en los que es mejor no levantarse de la cama. O en los que, si realmente tienes que hacerlo, lo mejor es que te mantengas apartada del mundo, o, al menos, de aquellos a los que más aprecias. Hoy he tenido uno de esos días. Y no he seguido ninguna de las máximas anteriores, con resultados bastante deplorables.
Todo empezó hace unas 24 horas, cuando el día a duras penas empezaba. Una conversación telefónica fallida que trajo consigo una noche no muy buena. Demasiado calor y demasiadas vueltas en la cama. Al levantarme, una buena noticia, pero que no salió del todo bien. ¿La razón? Yo. Yo y mi estado de ánimo, no demasiado bueno.
Luego, descubrir que me he dejado en casa (por orden de importancia): las gotas para los ojos, las llaves de mis armarios en el trabajo y el libro que estaba leyendo, y que me iba a hacer falta en la espera hasta la comida. En medio, recordar que tenía que llevar a Ulises al veterinario.
Para amenizar la espera decido ir a una tienda en busca de una prenda de ropa interior que necesitaba. ¿Crecen ellas o encojen ellos? Cabrada con la talla, lo dejo donde estaba. Y mientras camino hacia la puerta… ahí está. El abrigo que busqué infructuosamente todo el invierno pasado: tres cuartos, de pana, rojo… Lo pruebo. Me queda bien. Miro el precio, no es caro. Y cuando estoy a punto de llevármelo, lo recuerdo… el veterinario y las vacunas. Lo dejo donde estaba. Mierda, mierda, mierda. Bueno, no pasa nada. Seguro que este invierno no pasaré frío de todas formas.
La comida empezó mal, siguió a regular y terminó en ¿bien? No lo sé, eso espero, al menos. Luego, una aburrida jornada laboral en la que no hacer nada, salvo recibir dos noticias, cuando menos, desagradables. La primera, que igual no me dan los días de agosto, porque otra compañera los pidió antes (se repite la historia). La segunda, que no han podido tramitar mi petición de ADSL porque mi línea telefónica no existe. ¿Increíble? Puede, pero también totalmente cierto. La pregunta es, si no existe, ¿pueden facturarme el consumo telefónico? Estoy segura de que sí.
Las cosas empezaban a darme vueltas en la cabeza, comiéndome un poco la moral. No pasa nada, me dije, mejor es distraerse con otras cosas. Mala idea, o mala elección de “cosas”. Eso tampoco salió bien, y no sé muy bien por qué. Más cosas en mi cabeza, y pocas formas de soltarlo. Y aunque las hubiera habido, ¿habría sabido hacerlo bien? No, no lo creo. No hoy.
Vuelta a casa. Sin ningunas ganas de hacerlo, pero el deber llama. Por lo menos tengo el abono transportes. Buena noticia para mi movilidad, mala para mi saldo bancario. No dejo que me amargue. Me voy a casa. Pienso en qué cenar, y al final, no lo hago. La cocina estaba demasiado lejos. Quedada para unas cañas mañana, ¿qué dirá el banco de eso? Da igual, no tengo planes de vacaciones, así que podré ahorrar esos diez días.
En un descanso de la serie del día me ducho rápidamente. Error, gran error. El parche se despega, arrugado, casi inservible (no ya hoy sino desde que estuviera arrugado). ¿He tirado por el desagüe el tratamiento de este mes? Es probable. ¿Se puede saber qué hago ahora? El folleto tiene la respuesta: cómprate otra caja antes de 24 horas y casi seguro que no pasará nada. Pienso en mi cartera, recuerdo las malas caras que me ponen en algunas farmacias. Miro el parche. Lo desdoblo y lo vuelvo a pegar. Lo siento chicos, es lo que hay.
Termina la serie. Y nuevas meteduras de pata. Una detrás de otra. Parece que mi boca tenga vida propia. Y da igual que nunca sea con intención. Es. Ocurre. Demasiado a menudo. Lo intento y no tardo en fallar de nuevo. Tres en cuatro días. Creo que estoy batiendo mi propio record. Y no puedo explicar qué me pasa hoy porque no lo sé. Lo achaco a algunos acontecimientos de la jornada y lo reafirmo asegurando que hoy no he tenido un buen día.
Da igual si es así o no. Da igual si es o no es por eso. Lo he hecho. Otra vez. Y volveré a hacerlo antes de irme a dormir. Ni siquiera sé si, ahora mismo, vuelvo a hacerlo.
Parece que hay algo dentro de mí que me empuje a hacer estas cosas. A aconsejar bien y a actuar mal, no siguiendo mis propios consejos. Y acabo estropeando las cosas. Lo sé. Una vez más estropeo lo que tengo, que es genial, por estupideces. Por no saberme callar a tiempo. Y lo siento tanto… Pero lo intento y no lo consigo. Y sólo temo que los demás, los que lo sufren, se harten. Fuera hace calor. dentro de mi cabeza no deja de resonar el estribillo de una canción que he escuchado de camino a casa y que, ya entonces, sabía que se iba a ajustar perfectamente a mi noche de hoy:
And it’s gonna be a long night
And it’s gonna be cold without your arms
And I’m gonna get stage fright caught in the headlights
It’s gonna be a long night
And Iknow I’m gonna lose this fight

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