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Erotismo Vs. autoridad January 13, 2005

Posted by Tindriel in Otra mirada.
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Ayer fui a una despedida de soltera. Ni era la primera ni, sospecho, será la última. Eso sí, son todas iguales. Un grupo de mujeres, de las que la mitad no se conoce, se reúnen para cenar y tomar copas con la excusa de que una de ellas ha decidido formalizar un compromiso. Quitando el motivo, no hay nada que la diferencie de otras noches de fin de semana en que decides salir con tus amigas.
En teoría, porque la práctica me dice que sí hay algo que las diferencia: por norma general, las asistentes están más salidas que el pico de una mesa y parece que no hayan visto jamás a un hombre, desnudo o no, a tenor de los grititos que pegan cada vez que el camarero stripper se acerca (cada vez con menos ropa) a la mesa. Jamás las palabras “escalope con patatas” o “ron con coca-cola” estuvieron más cargadas de electrizante erotismo para algunas. Pero, ya lo siento, mi capacidad de imaginar algún tipo de juego sexual con un filete de ternera, o un cubata, es nula. Personalmente prefiero las fresas (que no chorrean aceite) y el champagne, que te deja mucho menos pringosa y no dispone de artillería (hielos) complementaria.
Y luego está el espectáculo, donde mis ninfómanas e insatisfechas acompañantes pierden la voz, y la verguenza, ante hombres a los que, si les viesen a las 12 de la mañana en la Puerta del Sol, no mirarían dos veces. Gritos chabacanos y espeluznantes piropos, directamente inspirados en los halagos de andamio que tanto rechazo producen, pueblan el local. Y todas con sonrisas estúpidas en la cara mientras la baba convierte el pegajoso suelo de la discoteca en una superficie superdeslizante, con riesgo para el equilibrio de los presentes (me pregunto si los empleados de tales locales tienen un seguro anticaída).
Pasado el trago, desayuno con mis compañeras de infernal noche. Carmen aún tiene turbia la mirada, aunque no sé si es por el alcohol o por la falta de sueño provocada por llevarse al policía-stripper a casa. Isabel llega tarde, como casi siempre y Ana… Ana es Ana, impecable en su papel de triunfadora en domingo, sin un solo rastro de la juerga de anoche en su aspecto.
– Carmen, ¿me vas a explicar por qué te llevaste a semejante esperpento a la cama?– increpo impaciente– No me negarás que es el tipo más feo y con menos clase con el que te has liado desde que te conozco…
– Te olvidas del carnicero– interviene Ana.
Un escalofrío de desagrado me recorre mientras recuerdo a Juan, mi carnicero preferido (tenía los mejores filetes de ternera del mercado) hasta que Carmen se acostó con él y nos habló de las maravillas de su carne.
– Vale, cielo, podemos afirmar que no ocupa un puesto de honor en mi lista, pero… ¿es que no le visteis de uniforme? Estaba tan…
– Cutre.
– Cómico.
– Hortera.
– Vulgar.
– Ordinario.
– ¡Sexy!– exclama Carmen interrumpiendo nuestra lista de adjetivos.
– Eso es algo que nunca he entendido, ¿qué tienen de especial los uniformes? Al fin y al cabo sólo es ropa, ropa que además no suele sentar bien. Mejor un traje de buen corte y suave tejido– reflexiona Ana en voz alta.
– O unos vaqueros que resalten el culo y una camiseta que marque bíceps– aporto soñadora.
– No es el traje, ni los colores del uniforme que, ciertamente, no es lo que mejor le sienta a nadie. Es el aire de autoridad que desprende quien lo lleva. Ese aire de tipo duro que se les pone a todos los que lo llevan. La seguridad de que, en caso de peligro, ellos se arriesgarán por ti. La capacidad de mando que tienen…
– ¡¿No me irás a decir, precisamente tú, que lo que buscas en un hombre es que te proteja y te someta?!
– No como norma general, pero a veces viene bien un cambio– contesta Carmen en tono pícaro–. Además, no nos olvidemos de los complementos: las esposas, la porra larga y dura…
– Pero…– Ana parece seriamente desconcertada y abochornada, o eso parece por el color rojo que adorna su cara– Pero, ¿lo dices en serio? Lo de los uniformes, quiero decir. ¿De verdad te ponen tanto? ¿Todos? ¿De verdad te provocan estos… hum… pensamientos?
– Todos todos no, el de los jardineros de mi barrio me deja fría– comenta Isabel, que ha llegado sin que nos diéramos cuenta, mientras toma asiento a mi lado.
– Ni el de los camareros de esta, u otra, cafetería.
– Ni el de los basureros.
– Ni el de los porteros de los hoteles.
– Ni el de chófer.
– Ni el de los empleados del McDonald’s.
– Vale, vale, creo que me hago una idea– interrumpe Ana.
– Es decir, que os ponen los de policías, bomberos, militares y demás agentes de la autoridad ¿no?– concluyo en un intento por terminar la conversación.
– Síiiiii –suspiran a la par Isabel y Carmen.
– Pues entonces, chicas, os felicito por la fuerza de voluntad demostrada al evitar abalanzaros como lobas sobre los miles de agentes que patrullaban las calles de esta ciudad estas Navidades. Es verdaderamente encomiable que hayáis resistido la terrible tentación que nuestro presidente ha puesto a vuestro alcance– ironizo mientras termino mi café. Delicioso líquido que casi sale expulsado por la nariz cuando escucho la voz melosa de Isabel:
– Y a ti, ¿quién te dice que hemos resistido?

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