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August 28, 2002

Posted by Tindriel in Trabajo.
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16.37

Mañana me voy de viaje. Desgraciadamente no de vacaciones, que buena falta me haría, sino de trabajo. Un auténtico maratón de trabajo, lo que significa que mañana me levantaré a las 5 de la mañana, viajaré una hora en avión (que me dan pánico) y otra hora y media en coche para llegar a un hotel, ponerme mi traje “elegante” y salir a la carrera para hacer una entrevista. Una vez terminada, correr otra vez de vuelta al hotel para transcribirla y enviarla a la redacción antes del cierre. Y al día siguiente patearme una ciudad desconocida (y peligrosa según dicen) cual Indiana Jones en busca del “tema perdido”.

Suena divertido ¿verdad? Bueno, pues tengo que reconocer que a veces lo es. No sé si ya me he acostumbrado al ritmo de vida del periodismo (de hacer las cosas para ayer) o si lo traía de antes y por eso elegí la profesión, pero aunque a veces me queje otras me gusta mi trabajo. Y esta es una de ellas. El miedo a volar y el terror que me provoca la entrevista oscurecen un poco la alegría, pero estoy segura de que, cuando el sábado regrese, estaré contenta. Agotada pero contenta. Y más si la entrevista sale bien.

Llevo dos días dándole vueltas al viajecito. Me asusta todo de él: los vuelos, los desplazamientos en coche, la entrevista, las prisas… Pero hay una cosa que me asusta más que todo eso. Que nadie me despida y, sobre todo, que nadie vaya a recogerme al aeropuerto. Que nadie te coja la maleta, te dé un abrazo de cariño suspendido dos días y recuperado en dos segundos. Que nadie te pregunte qué tal te ha ido, ni te lleve a casa, dispuesto a velar tu tan merecido sueño.

Quizás me esté poniendo demasiado nostálgica, o el miedo me haga ver las sombras más largas de lo que ya son, pero ahora me siento así. Y aunque lucho contra ello desde hace dos días sé que cuando traspase las puertas del aeropuerto y me suba en un taxi me voy a sentir triste. Aún así, como todo, lo superaré.

Por ahora me despido durante los próximos cuatro días. Sed malos y pasadlo bien. Nos vemos (o leemos) el lunes.

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August 27, 2002

Posted by Tindriel in Yo soy yo.
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11.44

Soy dos personas a la vez. Igual que tengo un nombre (que me dieron mis padres y aún no sé si lo agradezco) y un nick, moldeo mi forma de ser según esté con unos u otros. Es normal, lo sé. Para algunos la inteligencia es la capacidad del ser humano de adaptarse al medio (hay millones de definiciones de inteligencia todas muy diferentes, pero hoy tomaremos ésta), y todos tenemos algo de eso. Luego adapatarse a lo que tenemos enfrente (jefe, amigo, desconocido, contacto profesional…) no deja de ser una “prueba” en el doble sentido de permitir superarte a tí mismo y demostrar a los demás tu inteligencia (insisto, reduciéndola a la definición anterior). Pero no es sólo eso de lo que hablo.

Existe un grupo de gente con la que he descubierto muchos aspectos “ocultos” de mi personalidad. Los he sacado a la luz, sin avergonzarme de ellos. Es más, incluso me he sentido orgullosa de poseer esas “características”. Quiero decir que hay gente con la que puedo ser mucho más abierta que con otra, aunque les conozca menos porque sé que no me van a juzgar. Y eso me gusta. Por fin empiezo a sentirme yo misma, a ser realmente como soy y no lo que los demás quieren que sea. Soy más divertida, confiada. Escucho mejor porque realmente me interesa, porque sé que puedo dar mi verdadera opinión y no la que las convenciones socialmente establecidas quieren que dé. Me siento mucho más a gusto conmigo cuando soy así, cuando estoy con esas personas. Sé que estaís leyendo ésto y algunos os preguntaréis si sois vosotros los que provocaís eso. La respuesta, probablemente, sea sí.

En definitiva, me gusta más ser Tindriel que ser María. Incluso en el trabajo noto esa diferencia. Cuando escribo para Cultura soy Tindriel, cuando escribo de Nacional, soy María. Y que este cuaderno electrónico se llame “El blog de Tindriel” no es casual.

Por cierto, ya tengo mis dos invitaciones para ir a ver “El fantasma de la ópera”.

August 26, 2002

Posted by Tindriel in Pasiones, Trabajo.
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13.53

Mientras espero que se estrene El fantasma de la Ópera, y se publique mi reportaje sobre el tema, sueño despierta con la noche en que por fin descubra todos los secretos del montaje. Y no es que me queden muchos por saber, pero no es lo mismo imaginarlos que verlos.

Largo y aburrido fin de semana éste que dejamos atrás. El calor, las tormentas y ¿por qué no? las pocas ganas de salir de la cama han hecho que los momentos memorables de estos días sean escasos. Aún así, me alegro. Después de tantas semanas de sustos y sorpresas, necesitaba unas horas de tranquilidad.

Pero eso no significa que no haya pensado y repensado sobre ciertos temas. Entre ellos, cómo no, el periodismo y algunos de los que se precian de practicarlo. A mis manos llegó el pasado viernes una revista de información general con un reportaje sobre el musical antes citado. La verdad, no me preocupaba demasiado su contenido. Quizás fuera petulancia, o quizás el convencimiento de que con la diferencia de tiempo disponible para las entrevistas (yo tuve cerca de una hora para cada actor, y ellos 10 minutos) las cosas que podríamos contar serían muy diferentes. También un detalle, que todos esperaran para despedirse de mí y me agradecieran la entrevista. Esas cosas te llenan del orgullo del trabajo bien hecho.

A lo que íbamos, el otro reportaje. Al leerlo me sorprendió que la redactora incluyera algunas anécdotas provocadas por mí durante la “sesión”. Pero eso era de esperar. Lo que me indignó es que las contara como le diera la gana, es decir, mal. Aunque no voy a llamarla para decírselo. El jefe de prensa lo sabe, y entre risas lo hemos comentado hoy. Afortunadamente mi reputación está a salvo. Y como última perla, algo de lo que me dí cuenta pero he querido comprobar hoy. En un momento del texto habla de la ópera “Aníbal, Lefèvre”. Mis ojos se dolían sólo de leerlo. Y no sólo porque demuestre un absoluto desconocimiento de la novela de Gaston Leroux, del musical de Webber o del mundo de la ópera. Sino que, además y más importante, demuestra que, o no sabe leer o no presta atención cuando lo hace. El dossier de prensa del musical dice: “(…)Aníbal. Lefèvre, el empresario(…)”. Gran invento el de los signos de puntuación que permiten separar conceptos. Aunque la gente no haga ni caso… Así nos va.

August 23, 2002

Posted by Tindriel in Literatura, Yo soy yo.
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11.43

He creado un nuevo blog. Un cuaderno donde recopilar los cuentos que se amontonaban en mis cajones, en los huecos de mi cansado cerebro. Algunos son sólo juegos con palabras, experimentos. Otros son intentos de verbalizar lo que siento, cómo me siento. Aunque la mitad de las veces, se queden en nada.

He puesto un link para quien quiera leerlos, pero aviso, no son muy buenos. Algunos llegan a la categoría de incomprensibles, incluso para mí. Aún así, me gustaría que, si alguien se decide a visitarlos, me diera su opinión sincera. Por favor. Y gracias a todos por leer estas líneas que escribo sin saber muy bien para quién.

AUREA August 23, 2002

Posted by Tindriel in Relatos.
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Su sonrisa. Su cara pecosa iluminada por la radiante mueca de sus dientes. eso es lo que más recuerdo de ella. No sus manos, ni sus ojos. Ni siquiera las palabras vomitadas en todos los últimos instantes. La inocencia, de tener rostro, sería el de sus mandíbulas brillando a la luz del sol.

Es su sonrisa lo que más recuerdos perdidos me acerca el día a día. Y ella no es, no era, consciente de su poder infantil. Recuerdo que sonreía siempre. Para ella la vida era una auténtica fiesta. Las desgracias algo que también había que celebrar. ¿Cómo no sonreir cuando te regalan la sonrisa? Esa era ella. Siempre danado y pidiendo poco, apenas nada.

Era joven y su piel ya se plegaba junto a sus labios. Arrugas prematuras que son la huella de la felicidad. Y sin embargo no tenía grandes motivos para sentirse dichosa en su cuerpo. Algo la comía por dentro mientras ella sonreía el amanecer de cada día nuevo. Unas horas eran un regalo. Cada estrella descubierta, cada paso dado era un don arañado al destino. Así era su vida.

También recuerdo el día que la realidad me abofeteó unas entrañas que, desde entonces, están secas. Leucemia. Qué palabra tan grande para un ser tan pequeño. Un monstruo que avanza, sin prisas pero sin olvidar un paso, viviendo sólo para su placer, atento sólo a su egolatría. A expensa de la vitalidad ajena. Mal castigo para la bondad.

Te conocí así, enferma. Consciente de lo que ocurría en la fuente de tu vida,en cada trocito de tí. Y me sorprendió tu entereza, tus ganas de explorar un mundo que sabías que jamás te pertenecería. Me dolía tocarte, besar tu dulce piel. No quería tener el recuerdo de tu hechizo en mis labios. Pensaba que, si no se conoce, no puede faltar. Me equivoqué. En el laberinto caótico de mi vida más valdría tener un Norte, saber que la bondad existió. Saber que me tocó podría arreglar mi veleidosa brújula.

Tu sonrisa, faro de Alejandría, aún hoy puede relajarme, arrancarme una mueca de humanidad, quizás la única que me queda. Han pasado muchos años, pero tu encantamiento sigue fuerte. Aún resuenan en nuestros oídos las palabras mágicas que vertiste en él.

Jamás estarás más viva que cuando te recuerdo. Que cuando te encuentro, agazapada en un pliegue de mi alma, luchando por no sucumbir al embrujo del olvido. Y pongo frases en tu mente, consejos en tus manos, caricias en tu pelo. Nunca más viva que cuando acudo a tu sabiduría de niña para buscar consuelo. Y puedo olvidar que estás lejos. Te doy un cuerpo nuevo, palabras viejas de tanto usarlas. Y no te echo de menos.

Puede que sin esa última sonrisa, cuando tu cuerpo rechazó mi vida, próximo ya el lamento del mundo, yo no habría aprendido tanto de tí. Me enseñaste el valor de la verdad, la calidad de la ingenuidad. La insustituible necesidad de las caricias. La incomprensible genialidad de la piel. La verdad encerrada en una sonrisa.

Yo, a cambio, te doy una vida nueva. Llena de esperanza y promesas de felicidad que nunca se cumplen. te llevo conmgo, y así sé que no te has perdido nada. Porque cada paso que doy, cada lección que aprendo, tú lo recoges de mí. Aunque no te haga falta. Te fuise joven, pero ya eras sabia. Ya conocías lo que yo tardé años en comprender, el incalculable valor de un abrazo.

Noviembre de 2001

TIRANO August 22, 2002

Posted by Tindriel in Relatos.
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Si cierro los ojos, tumbada en la cama, aún puedo sentir el cálido contacto de tus yemas. Tu calor no ha abandonado mi presencia. Giro sobre mí misma sólo para descubrir que la cama aún conserva las huellas de tu descanso. Como si de una impresión digital se tratase, sé que tu vida es la única que hubiera podido ocupar el hueco nostálgico que permanece en mi lecho.

Acaricio las sábanas, hundo mi rostro en tu resto de almohada. Intento retener en la memoria los últimos vestigios de tu estancia en mi alma. Tu aroma permanece aún unido a mi sudor, permitiéndome una ilusión cada vez que inspiro vida.

El recuerdo de anoche aún palpita en mi carne. Piel de gallina, vello erizado en cada acercamiento. Aún siento la presión de tus caricias. La humedad de tus labios recorriendo mis más íntimos senderos, descubriendo secretos. Pero es tu piel lo que más hormigas despierta en mis entrañas.

Dulce, rápida, tierna. Apasionada, fuerte, rebelde. Cada choque de olas conmueve la tierra sobre la que se asientan mis pies. Cosquillas, dulzura, alegría. Mimosas manos que se detienen en mi corazón. Química que despierta con cada hachazo de tu sabia.

Aún recuerdo nuestro primer contacto. Casual y furtivo, como un animal herido que se revuelve contra el cazador insensible. Eléctrico, vibrante, dispuesto a despertarme de mi letargo. Y fue su magia la que nos acercó al descubrir en nuestras asombradas pupilas el fuego del reconocimiento. No necesitamos decir más. Recuerdo que desde entonces nuestras manos se dedican a buscar la reciprocidad de nuestras sonrisas. Cada vez más alto, cada vez más difícil. Cada vez más sumidos a la tiranía de nuestros sentidos.

Cuerpos dictando normas. Piel legislando la importancia de no hablar. Afortunadamente, con el tiempo, hemos sabido unir a Eros y Platón bajo un mismo lecho, entre unas mismas sábanas.

Los recuerdos de antiguas guerras libradas en nuestros secretos campos de batalla se agolpan en mi cabeza, pugnando por salir y aspirar unos momentos de eternidad. Mientras, tú terminas tu ducha diaria. E imagino tu piel. Sensitiva y sensible, con los poros dispuestos a recibir mi pasión. Perladas gotas surcan tus ríos, aferrándose a cada resquicio que encuentran para no abandonar tu sensualidad.

Dentro de cinco minutos saldrás del baño, regalando a mi iris una belleza a la que aún no se ha acostumbrado. Y volveré a caer en tus brazos. Porque tu piel es mi dueña y mi destino. Porque en ella estoy atenta a cada nota que arrancan tus manos.

Quiero volver a tus huecos. Corazón apaciguado, cuerpos desbocados. Manos rápidas que se pierden en los nudos de nuestro abrazo. Puro acto gozoso, placer para la dermis.

Se cierra el grifo de la ducha y se abre el de mi espera. Oigo como cae la última gota y sé que te estás envolviendo en una toalla, sin secarte, porque sabes que me gusta. Suena la puerta del baño cuando da paso a tu corporeidad, a mi perdición. Una sonrisa asoma a mis labios entreabiertos, a mi retina dispuesta. Como el primer día. Como siempre. Y así, expectante, espero el regreso de la dictadura de nuestra piel.

24 octubre 2001

August 22, 2002

Posted by Tindriel in Pasiones, Yo soy yo.
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11.56

Al parecer mi último apunte en este blog ha dejado preocupados a más de uno. Gracias por hacérmelo saber. Estoy bien. Reconozco que ahora lo escrito me parece quizás excesivamente dramático. Tampoco es que quiera quitarle toda la importancia a lo sucedido, pero es verdad que ahora veo las cosas de un modo algo diferente.

Ayer fui al cine, tuve el honor de ver “El mismo amor, la misma lluvia”. La disfruté desde el principio hasta el final. Me reí, me emocioné, me enfadé y me enternecí con los personajes. Todos ellos personas corrientes a las que la vida da bofetadas y caricias, como a todos nosotros. Todos tenían miedos que les paralizaban, ilusiones efímeras que cada día les invitaban a seguir, sueños que jamás verán cumplidos pero que les mantienen despiertos.

Es una pena que, de no haber sido por el éxito de “El hijo de la novia” esta película hubiera permanecido desconocida para los amantes del cine real. De ese arte de contar historias cotidianas desde un punto de vista que, de tan cercano, es casi mágico. No se trata de cine de evasión. Aquí cada momento podría formar parte de tu vida. te ves en un espejo, algo deformado, que refleja una visión irreal, aunque no imposible, de tí. Ves las miserias de otros y piensas que, si te pasara a tí, no sería tan malo, o tan raro, o tan desastroso.

De cada película que he visto intento siempre sacar lo bueno. recuerdo una frase de “The Matrix” que, de tan jodidamente real, me pareció terrible. En la escena, el agente le está contando a Morpheus cómo diseñaron Matrix, le explica que primero crearon un mundo en el que todos pudieran ser siempre felices: sin problemas económicos, sentimentales, sin lucha cotidiana contra la adversidad. Pero fue un desastre. Los hombres no habían sido capaz de asumirlo y habían tenido que rediseñar Matrix para adaptarlo más a la “vida real”, con sus alegrías y tristezas. Pues bien, es cierto. No creo que nadie pudiera ser siempre feliz, no tener nunca un solo problema, una preocupación.

En definitiva, necesitamos las sombras para poder apreciar la luz del sol. ¿Triste? No lo creo. Es la adversidad la que nos hace superarnos, la que saca lo mejor de nosotros. La que nos hace exigirnos algo más, para nosotros o para los demás. Me gusta que la gente a mi alrededor sonría, esté feliz. Pero sé que si eso fuera siempre así, me acabaría relajando, no me esforzaría por nada ni por nadie y, al final, mi indiferencia (y la de los demás) acabarían por causar más daño. Tener que salir de algo nos hace más fuertes, y eso no tiene porque ser malo ¿verdad?

LA ENCRUCIJADA DEL BOSQUE August 21, 2002

Posted by Tindriel in Relatos.
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Paseaba por el bosque. No creía en duendes, hadas, ninfas ni cosas así, a pesar de ello siempre miraba debajo de las setas, observaba los huecos de los árboles. Esperaba, o incluso quizás temía, que algo o alguien saliera de allí. Recordaba los cuentos que su madre le contaba de niña. Volver al bosque era volver a su infancia, aunque se había criado en una gran ciudad. Pero este bosque era nuevo y quizás por ello le asustaba. “Lo desconocido asusta” decía su madre. Siempre estuvo de acuerdo con ella. Mas no sólo lo desconocido, sino también lo nuevo, lo diferente, lo impensable. Creía que la locura de uno puede ser, a la vez, la cordura de otro. Pero estaba sola en ese mundo, en el que eso era posible, en definitiva, en su mundo. Era ingenua, no lo negaba. Confiaba en la bondad de las personas cuando no dejaban de demostrarle que era la maldad lo natural en el ser humano civilizado. La gente disfrutaba con el sufrimiento de otros, ella sufría con y por ellos.

Había llegado a un claro. Un pequeño riachuelo atravesaba el lugar. Piedras de todos los tamaños formaban el cauce. El agua chocaba fieramente contra algunas, intentando apartarlas de su camino. Otras veces lamía su superficie con un gesto mimoso, juguetón. Ella se sentó en una de las más grandes, mirando, viendo, observando como fluía la vida. Porque, al fin y al cabo, el agua era vida. Nada permanece igual, todo cambiaba en cuestión de décimas, de milésimas de segundo. Ella sentía que su vida era así. Nunca se repetía nada. No había tiempo para la costumbre, para la rutina. Todo era siempre distinto y eso le asustaba. Le ahogaba, le hacía estremecerse. “Todo cambio es bueno” oía decir, ¡mentira! Si sólo pudiera no estar tan asustada, si consiguiera vencer el miedo. Si pudiera retener un momento. Vivir su vida sin el temor de que todo pudiera desaparecer, desvanecerse como un sueño. Si el sueño nunca se convirtiera en pesadilla.
Se levantó y siguió caminando, a fin de cuentas era lo que siempre hacía. Sin rumbo, sin dirección, sin guía. Sin una mano amiga que la guiara. Ella misma era un bosque, una desconocida. ¡Cómo ansiaba que alguien se tomara la molestia de recorrerla, de medirla, de conocerla! Pero nunca nadie había caminado sus sendas, contemplado sus árboles, cruzado sus ríos. Ni siquiera ella. Se había forjado un mapa, una imagen de lo que era y de lo que los demás querían que fuera. Otro engaño. “No quiero mentir”, pensaba. No quería seguir fingiendo que era lo que no era. Pero estaba perdida en lo más profundo del bosque, de su bosque, del de ellos, y no sabía cómo salir de él.

Un duende, su conciencia, se apareció frente a ella. “¿Qué haces aquí? ¿Dónde vas?. Preguntas sin respuesta. Cuestiones a las que no podía replicar. “¿Por qué tus ojos están secos cuando tu alma, tu interior, llora? ¿Por qué no pides ayuda, por qué no gritas?”. No quiso hacer caso a la visión. La borró de un plumazo, la desechó de su vida de su mente, de su existencia. Pero no sabía si era lo correcto, ¿Cómo saberlo cuando ya has perdido el norte? Lo único que quería era encontrar el camino de vuelta a casa, de vuelta a la normalidad. ¿De vuelta a la uniformidad? Sin embargo ¿acaso no era eso otra mentira, otra ficción?

Reconocer la diferencia no es fácil. Asumirla aún menos. Hacerlo sola…, asusta. El camino se bifurcaba. Se detuvo. ¿Qué hacer? Una senda le devolvía al hogar, a la tranquilidad de la mentira que siempre había vivido. La otra se adentraba en lo desconocido. Se sentó donde ambas veredas se separaban. Sabía que esta vez la solución no iba a venir a ella. Debía pensar, tranquilizarse, decidir. El mundo se derrumbaba, caía a su alrededor. Todo aquello en lo que siempre había creído dejaba de ser una certeza. Todo era cuestionable. Intentó recordar algo que hubiese aprendido a lo largo de los años, algo que la ayudase. No pudo. Nada podía servir de ayuda, sólo ella. Entonces se fijó en un detalle. El camino de vuelta al hogar era recto, el otro, el desconocido, estaba lleno de curvas, recovecos, giros. Y recordó al principito de Saint-Exupéry, “Derecho, siempre delante de uno, no se puede ir muy lejos”. Si volvía a la normalidad, a la uniformidad, si trataba de convertirse en algo que no era, tarde o temprano se encontraría en el mismo lugar, en el mismo punto, en la misma disyuntiva. Al fin y al cabo era distinta, diferente a los demás y nunca encajaría. Lo sabía bien. Era una desconocida, como el camino que debía, que sabía que debía coger. Esa certeza invadió su mente y tomó conciencia, por primera vez, de quién era, de lo que realmente era. Se asustó. Continuó sentada, respirando aceleradamente. Miraba alternativamente, con ojos temerosos, a los dos senderos. Debía tomar una decisión, estaba oscureciendo, se hacía tarde. Se puso en pie, respiró profundamente y cerró los ojos. Echó a andar.

1999

August 20, 2002

Posted by Tindriel in Yo soy yo.
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19.40

Hoy escribo más tarde, pero es que no ha sido un buen día. Ni siquiera sé si ahora tengo fuerzas para teclear. Durante dos horas he creído que un proyecto que nos ha robado (a mí y mis seres queridos) dolor, sonrisas, alegrías y algo de desesperación se había terminado de una de las peores maneras posibles. Al final no ha sido así, y no sé cómo me siento.

Supongo que debería estar alegre de que no haya acabado un capítulo de mi vida. Pero no es del todo así. Siento cansancio, mucho cansancio. Y una buena dosis de indiferencia hacia lo que me rodea.

pero no puedo seguir. Mañana será otro día. Ya lo explicaré.

DESPEDIDA SIN FIN August 20, 2002

Posted by Tindriel in Relatos.
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Querido Jaime:

Qué comienzo más raro. Por primera vez junto esas dos palabras en un folio. Siete años intentando decirlo, y es ahora cuando lo consigo. Cuando sé que la esperanza está perdida. “Querido Jaime”. ¿No te suena raro a tí también?

No puedo decirte adiós. Aunque quisiera hacerlo. Arrancarte de donde estás, hacer un ovillo con nuestros recuerdos y echarlos al mar. Botar un barco con nuestros nombres y dejarlo a la deriva, como nuestra historia. Sin un principio ni un final. Como debería ser esta carta.

Siete años desde el primer beso en la mejilla. Siete años deseando recobrar el contacto inocente. Siete años echándote de menos, incluso cuando estabas. Si aquella noche no hubiera ido, ahora no te extrañaría tanto. Pero fui.

Mi papelera está llena de borradores desechados con tu nombre en ellos. Ensayos de adioses, de saludos, de despedidas y encuentros ficticios, pero no por ello mejores. Amagos de un futuro que pudo ser nuestro, pero que se nos escapó entre los dedos.

“Te recuerdo como eras el último otoño”, decía el poeta. Y es cierto. Te recuerdo como eras aquel último otoño. Sonriente, alegre, divertido. Dispuesto a saltar a la piscina sin comprobar antes si estaba llena. Sólo por el placer de probar, de experimentarlo todo. Sin miedo. Siempre con prisas por llegar a una meta que nunca alcanzabas. Quizás porque, al llegar allí, volvías a cambiarla.

Por eso nadie podía seguirte. Por eso íbamos quedándonos a un lado de tu camino. Mirábamos al horizonte y sonreíamos, contentos de haber podido verte, aunque sólo fuera un segundo. Intentábamos seguirte de nuevo, y volvíamos a quedarnos atrás. Desconcertados, confusos, heridos por tu rechazo inconsciente. Siempre eras el primero en todo. El primero en llegar y dar la vuelta. El primero en reemprender un camino nuevo cada día. Deseando estar en todas partes a la vez.

Ahora ya nadie te visita. Ni siquiera yo. Va a hacer casi seis años que tú te despediste de mí, y uno en que yo te dije un adiós falso, porque no puedo olvidarte. Puedo dejarte a un lado, apartarte lo justo para tomar aire. Pero tu recuerdo sigue enquistado dentro de mí. Arrancándome vida, dándome otra. Sigo adelante, intento no mirar atrás demasiadas veces al día, como tú querías. Y muchas veces me encuentro pensando en tí, imaginándome cómo tu sonrisa me animaría a continuar el camino, a no desfallecer.

Sin ti el camino no sería posible, ¿lo sabes verdad? Sin tu presencia nada de esto tendría sentido. Sin tu recuerdo yo no sería yo. Sin mis recuerdos tú no serias tú. O eso quiero pensar, que por fin los dos nos necesitamos con la misma intensidad.

Querido Jaime… volvemos a empezar.

23 de agosto de 2002