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De cine January 31, 2004

Posted by Tindriel in Cine.
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19:33

Acabo de salir del cine, bueno hace un rato ya. He ido a ver La sonrisa de Mona Lisa. No está mal, aunque no me entusiasmado. La conclusión que he sacado es que es EL club de los poetas muertos en versión femenina. Pero claro, la primera era mucho mejor, y la cosa es que ahora, tras salir del cine, tengo ganas de verla.

Aún así tiene sus puntos, como cuando al final de la película, con los títulos de crédito) enseñan distintas imágenes de algunas pruebas que en la década de los 50 se hacían para elegir a Miss América: cronometrar cuánto tardaban en cambiar un pañal o en hacer la cama, por ejemplo. Divertido, hasta que te das cuenta de que son escenas reales, que eso pasó no hace tanto tiempo…

Ha habido un par de anécdotas. La primera, que al llegar al cine he sido escoltada por varios coches de policía: 4 renault picasso y uno más pequeño, de los de incógnito. No he podido ver bien qué pasaba, pero la gente corría detrás de ellos para enterarse. Lo único que he podido ver ha sido un numeroso grupo de gente que taponaban la calle Dóctor Cortezo, y que rodeaban a varios de los coches de policía. Y el cine ha podido más que mi curiosidad. La otra ha sido cuando al entrar en la sala he estado a punto de salir, pensando que me había equivocado. Y es que, de los 5 espectadores que había, era la única chica. Sí, ya sé que es un prejuicio, pero no he podido evitar pensar que 4 hombres solos (cada uno por su lado) viendo esta película no era muy normal. Pero no, no me había equivocado.

Sin embargo ir al cine ha sido una buena idea. Aunque sólo haya sido por ver el único trailer que han puesto. Sí, Harry Potter y el prisionero de Azkabán. Me he quedado, como una idiota, con la boca abierta. Y con ganas, muchas ganas, de ver ya la peli (dicen que el 4 de junio). He disfrutado como una enana con el cambio de look de Draco Malfoy, con el autobús nocturno, con ver a Harry bastante más crecidito. Pero lo mejor, lo impagable, ha sido ver al profesor Snape vestido con las ropas de la abuela de Neville Longbottom. Todavía sonrío cuando me acuerdo. Y los dementores. Esos jirones de ropa, esas garras huesudas que asoman por el hueco de la puerta del compartimento de tren de Harry… Vale, igual me recuerdan a otros memorables monstruitos de ESDLA, pero aún así no dejan de asustar, hasta yo he sentido su poder

En fin, que no ha estado nada mal. Promete muuucho, y esperemos que dé más. Afortunadamente parece que esta vez va en serio lo de estrenarla este año, y lo de empezar a rodar la cuarta. Eso sí, podemos dar gracias porque Rowan Atkinson (Mr. Bean) haya decidido rechazar el papel de Lord Voldemort en ella.

Por cierto, en el cine he visto un cartel que anunciaba que, durante la proyección de El retorno del rey se haría un descanso de 5 minutos. Se admiten apuestas para adivinar dónde harán el corte…

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Buenos aires January 30, 2004

Posted by Tindriel in Otra mirada.
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– Pero hija, ¿Vas a hablas de sexo ahora que no lo practicas?
Una expresión de horror y vergüenza se reflejó en mi cara al escuchar, al otro lado del teléfono, la sentencia materna. Tal y cómo lo decía podía parecer que llevara meses de abstinencia, o que me hubiera convertido en una ursulina. Y no era eso. Simplemente ciertas incompatibilidades en la cama me habían hecho acabar con mi última relación esa misma mañana. Mi ex novio, Ernesto, tenía la curiosa costumbre de, digámoslo finamente, desalojar gases cuando hacíamos el amor. La escena era de risa. Estás con tu chico, en la cama, intentando pasar un buen rato y de pronto, sin aviso (al menos la primera vez, luego no sorprendía tanto) escuchabas unos sonidos que no pegaban nada con la situación.
Al principio pensaba que sería un problema médico, pero no. A él, simplemente le gustaba.
–Tienes que entenderlo-me decía- aumenta mi excitación. Siento si te hace sentir incómoda, pero no quisiera dejar de hacerlo. Otros tienen gustos aún más raros ¿no?
La verdad es que nunca supe a qué se refería con eso de “más raros”, ni quise preguntar, pero a mí me parecía que lo suyo era bastante peculiar, cuando menos. Cada vez que nos íbamos a la cama yo estaba pensando en cuándo comenzaría el concierto. A medida que crecía su excitación, se apagaba la mía. Estaba claro que no tenía ningún futuro. Así que le dejé.
Esa misma noche compartí con mis amigas una de nuestras cenas semanales en las que ponemos a parir a los hombres y nos contamos nuestras batallitas (sí, nosotras también lo hacemos, ¿pasa algo?). Estábamos las cinco habituales: Ana, Isabel, Andrea, Carmen y yo. Después de contarles que había dejado a Ernesto, las cuatro se lanzaron a despellejarle, sacando a la luz todos esos pequeños defectos que, hasta entonces, parecía que no importaban.
–Al principio me hacía gracia, pero dos días escuchando lo estupendo que decían sus ex que era en la cama, y acabé harta– comentó Carmen.
–A mí tu chico –apostilló Andrea– me recordaba a esos hombres que no hacen más que presumir del tamaño, y que luego resulta que hay que cogerla con pinzas, de lo pequeña que es.
–Siempre presumiendo de todo. Dicen que es del tamaño de un colín, y al final te encuentras con una aceituna.
Nos echamos a reír con la frase y los gestos de Isabel, mientras nuestros tres vecinos de mesa nos miraban entre asustados y divertidos. Uno de ellos era tan mono que desee estar en uno de esos restaurantes con teléfono que tan bien crean el clima perfecto para ligar. Ana se dio cuenta de mi elección y tras mirarle sin ningún disimulo, mostró su aprobación levantando su copa de vino en dirección al elegido. Isabel (que podría sustituir a las botellas de coca cola en su último anuncio, no sólo por las curvas sino porque también es “para los altos, para los bajos, para los que ríen, para los que besan…”) se dio cuenta de todo y ni corta ni perezosa se acercó a la mesa de los vecinos. Les dejó sobre la mesa la tarjeta del local donde teníamos pensado continuar la noche, susurrando a la vez una hora.
Cuando, media hora después, les vi entrar en el bar y buscarnos con la mirada, supe que la frase de mi madre era todo, menos profética.

Sector servicios January 29, 2004

Posted by Tindriel in Otra mirada.
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Lunes, diez de la mañana. Como cada semana desde hace años, Ana, Carmen y yo quedamos a desayunar en una cafetería cercana a mi trabajo. Cafés, zumos, bollos y tostadas se mezclan con las anécdotas –algunas realmente escabrosas– del fin de semana.
-No sé ni cómo me he levantado hoy –explica con un guiño pícaro Carmen– la verdad es que Álvaro es todo un portento.
Ana y yo intercambiamos miradas cómplices, mientras el café nos ayuda a pasar la envidia. Hace dos semanas Carmen tenía que supervisar uno de los numerosos castings que organiza la revista de moda donde trabaja de estilista. Allí conoció a Álvaro –el camarero que les sirvió el catering– y desde entonces pocos son los ratos que salen de la cama.
– ¿Y cuánto te durará esta vez? ¿una semana? ¿Dos?–pregunta Ana con sorna.
Fijo mi mirada en el mantel de la mesa a la espera de que estalle la tormenta.
-No sé qué teneis en contra de los camareros, de verdad. Ser snob en el sexo es absurdo. Y aburrido. No hay nada menos excitante en la cama que un pijo relamido.
Carmen tiene una teoría a prueba de bombas –nadie conseguirá sacársela de la cabeza– que relaciona, sin ninguna compasión, profesiones con funcionamiento. Según ella no hay nada mejor para una cita que el conocido sector servicios. Ejecutivos agresivos, abogados de prestigio y empresarios no pueden competir en artes amatorias con camareros, recepcionistas de hotel e, incluso, taxistas.
-No es sólo en la cama –intenta explicarnos Carmen– es que además son los que conocen los restaurantes donde realmente se come bien, cuáles son las mejores cosechas y los mejores vinos, dónde puedes tomarte una copa que no sea de garrafón a un precio realista. En fin, no se dejan llevar por los elitismos y lo que está de moda. Les gusta investigar y juegan a ser Indiana Jones en todo aquello que emprenden.
Justo al llegar a esta parte se le encienden los ojos y resalta el “todos” como si la vida le fuera en ello. Oyéndola parece imposible que un cirujano plástico sea capaz de hacerte pasar una noche inolvidable. De hecho, acabas pensando que debes buscar al hombre de tu vida, o de tu noche, entre los conductores de autobús –y eso sin tener en cuenta el pastón que cada mes te ahorrarías en el dichoso abono transportes–.
-Si te gusta que innoven contigo –contesta Ana invariablemente– supongo que son ideales. Pero yo prefiero un restaurante romántico, una copa tranquila y una noche de sexo sin sobresaltos.
Obviamente el “modelo Ana” es más clásico. Vestido de Hugo Boss o Armani, con rolex de oro a poder ser y que vaya dejando una estela de Farenheit by Christian Dior. La sola idea de que su nuevo ligue la lleve al trabajo en autobús o taxi, por muy Mercedes que sea, le debe provocar la misma urticaria que a cualquiera un roce con una ortiga. Su fondo de armario –compuesto en su mayoría por trajes de chaqueta y zapatos de tacón– no lucirían lo mismo en el “La Broche” que en el “Casa Pepe” de la esquina de mi casa.Y su título en arquitectura, pega más con un crianza que con un vino de la casa. Estoy segura de que acabará descubriendo los placeres que un camionero puede provocarle.
-No sé por qué siempre volvéis con lo mismo –por fin me decido a intervenir– un polvo es un polvo, y no depende del trabajo, sino de la dedicación que le pongan.
-Cariño, ¿no lo entiendes? Un empresario está acostumbrado a obtener ganancias por todo. En cambio, el lema del sector servicios es ofrecer el mayor confort al cliente, evitándole cualquier esfuerzo innecesario…

La lectura y los complejos January 29, 2004

Posted by Tindriel in Literatura, Yo soy yo.
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12.00

Ayer fui a la Fnac en busca de volúmenes con los que atiborrar, más aún si cabe, mis estanterías. Una novedad y algunas lecturas pendientes llenaban mi cesta de la compra cuando llegué a la caja a pagar. Mientras esperaba apareció una pareja. Ella iba con las manos en los bolsillos, él cargaba un buen montón de DVDs. Empecé a sacar mis adquisiciones y al ver la pila que formaban ella no pudo hacer otra cosa que comentarlo con su chico. Supongo que intentaba ser discreta, pero no lo logró, y escuché perfectamente su comentario de: “mira, debe tener muy poca vida social”. No sabía si echarme a reír o romperle algún DVD en la cabeza, así que me limité a mirarla y al ver cómo enrojecía me di por satisfecha. Mientras caminaba a casa empecé a darle vueltas al asunto y recordé algo que me ocurrió hace unos años.

Siempre me ha gustado leer, desde que, con sólo 3 años, estudiaba a escondidas (y a la luz de una linterna), aquellos absurdos cuadernos para aprender a leer y escribir. Con los años fue creciendo ese hobby, hasta el punto de que se ha convertido en una pasión. Pero durante muchos años la ocultaba. Aprendí pronto que era rara porque prefería un buen libro a una sesión de juegos con las barbies. Mis amigas no lo entendías, así que fingía que no leía. Nunca hablaba de literatura, salvo con mis padres y sus amigos. Pasaron los años y, sin pretender que jamás había cogido un libro, seguía sin hablar de ello. Era como un tabú. Peor incluso si lo que pretendías era atraer a un chico. Ya mayorcita encontré gente que compartía la afición, y fui soltándome. Empecé a quitarme el complejo de bicho raro o ratón de biblioteca, hasta el punto de empezar a sentirme orgullosa de saber apreciar los encantos de la literatura. Y en esas ingresé en Mensa.

Un día acudía a una reunión, y me encontré con un chico nuevo, más o menos de mi edad y bastante atractivo. No hablamos mucho, pero me gustó. En la siguiente reunión nos sentamos juntos, no recuerdo si por azar o porque lo buscáramos. Pronto empezamos a hablar y a dejar de lado al resto de mensistas. Y la conversación derivó en matemáticas y literatura. Bueno, más que matemáticas, ciencias, ya que se nombraron varios libros de divulgación científica. Por casualidad, interés personal u obligaciones universitarias, yo había leído aquellos títulos. Me sentía bien comentando aquellas lecturas, y pudiendo participar de una forma digna en la conversación. Recordemos que él me gustaba, así que estar a su altura era para mí algo importante. Para mí, sólo para mí. En un momento dado él nombró otro de esos libros. Su frase vino a ser algo así como “tienes que leerte El teorema del loro, es buenísimo”. Le contesté que ya lo había leído, de hecho acababa de terminarlo, y que compartía su opinión. Y entonces lo soltó:

-No, si ahora va a resultar que te has leído todos los libros que he leído yo, ¿no te jode?

El tono era amargo, de reproche, casi de insulto. Me quedé blanca. Quizás porque nunca en una de esas reuniones nadie me había hecho sentir como cuando tenía 7 años. Estuve a punto de volver a entonces, y decir que no, que había sido casualidad. Pero ya no tenía 7 años. Así que, cuando salí del estupor, me quedé mirándole y con la voz más fría que encontré lo que dije fue: “No, estoy segura de que he leído más y más variado”. Después me levanté y me senté junto a otros mensistas que no me habían rechazado nunca. El encanto se esfumó, dejó de gustarme. Tiempo después apareció con su novia en una reunión, al presentármela no pude evitar caer en la tentación y delante de él expresé mis deseos de que “no le gustase la lectura, y menos aún la de divulgación científica”. Puede que no fuera el mejor comportamiento, pero no le había perdonado, y aún no lo he hecho, que quisiera convertir mi pasión en algo despreciable. Y menos aún si a él también le gustaba leer.

Cuestión de tamaños January 28, 2004

Posted by Tindriel in Otra mirada.
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El tamaño importa, y mucho. Pero no sólo en el sexo. Tenía una compañera de instituto para la que salir con un chico más bajito era una humillación, y, teniendo en cuenta que medía 1’80, era algo muy fácil. Lamentablemente la perdí la pista cuando en nuestras conversaciones–en cumpleaños, fiestas o mientras fumábamos un cigarro a escondidas en el cuarto de baño de los chicos– se empezó a introducir el sexo. Me hubiera encantado saber si para ella todo era cuestión de tamaños.
Recuerdo las primeras veces en que mis amigas y yo discutimos sobre sexo. Con más curiosidad que experiencia propia, la palabra “sexo” se introdujo en nuestra conversación coincidiendo –dudo que casualmente– con el primer cumpleaños en que los padres de la homenajeada abandonaban la casa. Estaban representadas todas las tendencias. Teníamos a la ultracatólica conservadora que renegaba del sexo prematrimonial –un año en Londres le hizo cambiar de opinión años más tarde–, a la tímida que enrojecía cada vez que alguna de nosotras usaba una expresión poco habitual –Andrea, que aún hoy sigue enrojeciendo–, la curiosa que todo quería saberlo –Isabel, todavía abanderada del descubrimiento directo–, tres o cuatro que parecían estar a vuelta de todo –pero que entonces no se comían un rosco– y yo, que parecía una enciclopedia de sexo andante y que era la única que había visto el estupendo programa Hablemos de sexo.
Lo del tamaño no surgió en aquel primer contacto con el mundo “adulto”, pero fue casi una consecuencia inmediata de él. Poco después, en la clase de Ética –hoy desaparecida– nos tocó hablar de sexualidad y nos encargaron a Isabel y a mí un trabajo. Nos pusimos manos a la obra y decidimos hablar, a la tierna edad de 15 años, de métodos anticonceptivos y del “mito del tamaño”. La cuestión de la documentación no fue nada fácil. Como no teníamos experiencia propia, decidimos hacer una encuesta entre quienes suponíamos sí la tenían. Así que cargadas con los cuestionarios y unos bolígrafos, salíamos a la calle en busca de testimonios. Teníamos dos preguntas sobre el tema, si lo consideraban importante y si, de poder elegir, escogerían tamaño mini, medio, extra o indiferente. A la primera contestaban que lo importante era si sabían utilizarla, pero en la segunda se les veía el plumero. Casi todos, elegían tamaño extra, sólo unos pocos pedían tamaño medio –me quedé con las ganas de preguntarles si el tamaño medio suponía un aumento o una disminución del actual–. Así pues, al presentar el trabajo concluimos diciendo que aunque lo importante era la técnica, un buen especimen podía ser un estupendo prólogo.
Con los años, y la experiencia, he descubierto que el tamaño extra no es siempre mejor. Cuando el otro día le comentaba a un amigo la existencia de esta columna, decidió darme material. Sacó de su cartera un preservativo talla XL.
-Puede ser incómodo aunque no lo creas. Hay posturas en las que no puedes hacerlo, y tienes que tener cuidado para no hacer daño a tu pareja. Eso sí, nunca se ha quejado ninguna. Y si les preguntas, quizás tenga otra visión muy diferente.
Grande, pequeña o mediana está claro que nunca llueve a gusto de todos. Lo mejor, probar distintos tamaños y elegir el que mejor te va. ¿O no hacemos lo mismo con los trajes?

January 27, 2004

Posted by Tindriel in Otra mirada.
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Siempre me han fastidiado las bodas. No porque no sean la mía, sino porque un alto porcentaje de los asistentes se empeñan en pensar –y decir en voz alta– que debería ser la siguiente. Y lo peor es que parecen no comprender que lo que a mí me gusta es la vida marital, y no el matrimonio.
Pero cada cierto tiempo hay que hacer un esfuerzo, sacar el traje comprado para la ocasión, acudir a la peluquería y, con una copa en la mano, mentir a los invitados y hacerles creer que tú también deseas casarte. Afortunadamente esta vez no estuve sola. Mis amigas desde el instituto Isabel y Andrea también lucieron palmito –y soltería–. La primera, como yo, en calidad de amiga de la familia. La segunda, como hermana mayor de la novia.
Lo mejor de las bodas es el banquete. No por la comida, sino porque te permite echar un vistazo a los solteros invitados –reconocibles por su cara de niño perdido en un supermercado– y acercarte a ellos sin necesidad de disimulos. Además es bien sabido que el vino despierta otros apetitos, que pueden saciarse durante el baile.
Después de nuestra rueda de reconocimiento las tres coincidimos en que no había nada presentable. Una boda más sin una pizca de morbo. Desde que tengo quince años llevo escuchando historias de encuentros rápidos en los baños del restaurante donde se celebra el banquete o de noches locas con los testigos. Pero jamás había sido protagonista de una de ellas –una vez tuve un novio que luego se hizo cura, pero esa es otra historia– y esta boda prometía unirse a la lista.
Pero al sentarme en la mesa descubrí con sorpresa que el chico que me había tocado a la izquierda era todo un bombón. Unos treinta y cinco años, uno ochenta de altura, moreno de pies a cabeza y de espaldas anchas. Isabel y Andrea me miraban con envidia desde el otro lado de la mesa, y no dudaron en iniciar un inocente coqueteo. Andrea jugaba con el tirante de su vestido azul mientras Isabel intentaba que el chico no se perdiera detalle ni de su melena negra ni de su escueto vestido rojo. Pero ya fuera la distancia –o mi encanto– el caso es que gané la batalla.
Las miradas, el coqueteo y las caricias, cada vez menos involuntarias, fueron subiendo de tono a medida que desfilaban los platos y para la hora de los postres yo tuve que ir al baño a refrescarme. La sorpresa me la llevé cuando, a los dos minutos escasos, el chico en cuestión abrió la puerta del baño de mujeres sin ningún disimulo. Media hora después –cuando el sorbete se había derretido y la tarta había perdido consistencia– reaparecimos en el salón con una sonrisa que poco dejaba a la imaginación.
A partir de ahora miraré las bodas con otros ojos. ¡Seguro!

Las marmotas January 26, 2004

Posted by Tindriel in Otra mirada.
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–Tengo la misma vida sexual que las marmotas. Nula.
Casi me ahogo cuando Cristina me hizo esa confesión con el primer café de la mañana. Oir hablar en esos términos de las relaciones de cama de dos de mis mejores amigos era más de lo que podía soportar tan temprano. Además, ¿qué se dice en esos casos?
–Llevamos dos años viviendo juntos y cada vez es más como si viviera con un amigo.
–Yo os veo bien.
Inmediatamente me arrepentí de soltar aquello. ¿Quién le dice a una amiga “yo os veo bien” cuando ella te lo está negando con hechos? Pues bien, yo. A las nueve y media de un sábado, tras un noche de juerga y sin un gramo de cafeína en sangre, dicho sea en mi descargo.
–Cariño, no nos acostamos desde hace dos meses… Hay amor, hay mimos y hay sorpresas. Pero la pasión desapareció hace mucho. Está más agotada que un atleta tras ganar los 5.000 metros.
–Ya sabes que todas las relaciones pasan por baches. Es lógico que tras tres años de relación, y dos viviendo juntos la cosa se haya enfriado. ¿Has probado a sorprenderle, a comprarte lencería picante, a jugar?
Su cara no dejaba lugar a dudas. Lo había intentado todo. Y encima tenía que escuchar los consejos de alguien que jamás había vivido lo mismo, porque sus relaciones nunca habían llegado tan lejos.
–No digas tonterías. Ya no le excito, no le resulto atractiva, y eso es el comienzo del fin. Estoy segura.
– Eso sí que no me lo creo –afirmé tajante– Sólo estáis pasando una mala época. Todo pasará, sólo dale tiempo.
No quise decir que el tener dos camas pequeñas, en vez de una, podía no ayudar a la situación. Que la comodidad –siempre las mismas caricias, la misma postura–, tampoco.
–Antes no era así. No éramos así. Echo de menos la pasión del principio, y mi descaro. Cuando era soltera todo resultaba más fácil, más excitante.
¿Más fácil? Horas después, sóla en mi buhardilla, no podía creer que hubiera dicho eso. Y que lo hubiera dicho convencida. Yo seguía soltera, y si bien no tenía que lidiar con el problema de la pasión perdida con mi pareja, no era menos cierto que tenía otros problemas.
El primero, encontrar a alguien. El segundo, que encajáramos. El tercero, que no fuera uno de esos especímenes rompecorazones de los que siempre me colgaba. Y luego, cuando resultaba que sí era de esos –siempre lo eran– reconstruir mi vida.
Y estaba el sexo. Si es difícil decirle a tu pareja que el que te chuperretee el cuello no te pone nada, ¿cómo decírselo a alguien que conoces desde hace dos días y con el que no tienes ninguna confianza?
Isabel, por supuesto, tenía una versión diferente.
–Si no tengo confianza es porque no le conozco, si es así no me importan sus sentimientos, por lo que tengo más libertad para decírselo. Y si no le gusta, puerta. ¿Por qué aguantar algo que odio para conseguir un orgasmo si puedo proporcionármelo yo sin molestias?
La verdad es que Isabel tenía razón. Aunque a mí me costara pasar del dicho al hecho.
Dos días más tarde Cristina me llamó. Eufórica, y sin aire.
–Lo retiro, cariño. No quiero ser soltera nunca más.
Unos ruidos extraños seguidos de un pitido intermitente me indicaron que las marmotas debían tener una vida sexual muy activa.

Preguntas al vacío January 26, 2004

Posted by Tindriel in Yo soy yo.
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10.50

Y si te dijera que tengo miedo… ¿cambiaría algo?
Y si te dijera que no es lo que había planeado… ¿me creerías?
Y si te dijera que no me gusta… ¿podríamos dar marcha atrás?
Y si te dijera que todo podría ser distinto… ¿crees que podría ser verdad?
¿Y si te dijera aquello que ninguno quiere oirme decir?

January 14, 2004

Posted by Tindriel in La vida.
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11.45

Esta semana está resultando extraña. Bueno, mejor dicho (y como ya he puesto en el titulito) curiosa, que extraña tiene connotaciones negativas que no deseo transmitir. A veces tengo ganas de coger el teléfono y hacer una llamada, sobre todo ayer, pero al final el llamado sentido común gana la partida diciéndome que es mejor seguir con los propósitos de Año Nuevo. Pero vayamos a otra cosa. A contar la semana.

Algunos de los que me conocéis sabéis el lío en el que me metí la semana pasada en el curro. Aún estando en Cultura hace dos semanas que la sección de Nacional requiere mis servicios para encargarme de un tema de actualidad. El resultado de mi trabajo ha sido satisfactorio, tanto, que el subdirector de investigación (ex redactor jefe y aún jefe de Nacional) quiere que sea yo la que siga encargándose del tema. Creo que en un rato tenemos una reunión para hablar de ello. Por supuesto a mi jefa no le gusta demasiado la idea, pero ni yo me puedo negar ni ella puede protestar. Por si fuera poco, los reportajes me han puesto en boca de algunos compañeros de profesión, de forma que la pasada semana me hicieron una entrevista radiofónica y ayer me llamaron de un Diario murciano para confirmar datos y pedir mi opinión como experta. Je je je. La situación no me gusta nada, porque mi falta de costumbre es tan evidente que temo siempre meter la pata. Aún así, es agradable que después de 3 años se den cuenta de que es posible que valgas más de lo que creían. Y siguiendo la línea de probarme esta semana me han dejado al frente de la sección de Internacional, ya que la jefa está de vacaciones. Así que tengo más trabajo que un tonto, y de 3 secciones distintas.

Cambiando de tema, ayer fui al médico. Bueno, a los médicos. La endocrina estba encantada con mis progresos y me ha pedido una foto de antés y otra de después, quizás me convierta en el rostro de su próxima campaña de lucha contra el sobrepeso. pero, claro, yo no tengo fotos, así que…. ¿alguien podría pasarme alguno de esos robados de cuando estaba cual tonelete?

El ginecólogo, el pobre, lo pasa fatal cuando voy. Aunque a mí ya me dé por reírme, la verdad. El tratamiento no está funcionando como debiera, así que lo hemos cambiado. Veremos cómo va. Lo peor fue la conversación con mi madre, en la que, una vez más, tuve que contarle todos los pequeños detalles de lo que me ocurre, y de lo que puede ocurrir. Agotador. Lo mejor, es que soy firme candidata para convertirme en la envidia de todas aquellas mujeres que sufren reglas dolorosas y/o abundantes, etcétera. Estará bien eso de sufrir cambios hormonales y de humor (amén de lo que iba a ahorrar) sólo una vez cada 3 meses.

Ah! y el próximo miércoles vuelvo al teatro Lope de Vega para disfrutar, esta vez, de la actuación como Christine de una amiga mía.

Conclusión: semana extraña, llena de buenos momentos, noticias y situaciones novedosas. En la que he recuperado el placer de escribir a pluma.