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November 29, 2002

Posted by Tindriel in Yo soy yo.
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Viernes 29, 2.01 de la madrugada

Llevo casi toda mi vida haciendo exactamente lo que la gente espera de mí. Escuchando cada consejo, cada petición, y siguiéndola al pie de la letra. Intentando, de esa manera, no defraudar a nadie. Ser aceptada de algún modo. Solo cuando tengo confianza con alguien, y si creo que no me va a rechazar, muestro algo de mi verdadero yo. Retiro un poco la máscara que me cubre, y dejo echar un vistazo. Hay gente, es verdad, con la que eso no ha ocurrido. Con la que todo ha sido fácil desde el principio, y con los que he sabido siempre que podía ser yo misma, casi sin miedo.

Estoy cansada de hacer así las cosas. Muy cansada. Estoy harta de que la gente me diga cómo debo comportarme en cada momento, y luego se enfaden o disgusten porque les haga caso. Llevo una semana entera sin llorar. Mi abuelo murió el viernes, y ni siquiera pude despedirme de él con lágrimas. Nadie quería dejarme. Mi familia, porque me pedían que me mantuviera fuerte. Como si el hecho de que yo llorara pudiera hacer temblar los cimientos del mundo. Así que no lloré. Fui fuerte, o lo que fuera, y contuve mis lágrimas en todo momento. Cuando parecía que iba a flaquear siempre había alguien a mi lado diciéndome que no lo hiciera, que mantuviera la entereza. Con mis amigos no fue muy diferente. No por ellos, sino por mí. Quería demostrarles que, a pesar de todo, estaba bien, entera. Quería que la imagen que mi familia tenía de mí, la vieran ellos también. Así que me comporté con cierta “dignidad”. E intenté reírme de las situaciones absurdas que a cada momento se sucedían. Y que no fueron pocas. El resultado ha sido una congoja contenida, la “admiración” de algunos, la sensación de ser una mala persona. El enfado de mi familia por mi frialdad en cada momento.

Hoy las lágrimas han vuelto a mis ojos, por motivos distintos. Pero las he mantenido a raya, y nadie las ha visto. Ni siquiera yo. Hoy sí han temblado mis cimientos. Me he sentido de más en aquel bar tan familiar. He perdido mis referencias, y no recordaba cuál era mi papel en el mundo. Me he ido con la sensación de que, quizás, debería haberme ido directamente a mi casa. Llevo unas horas rumiando estos sentimientos, y sigo opinando lo mismo. No debería haber ido.

Esta tarde, jueves, he enviado un CV a una empresa que tenía un puesto vacante en su gabinete de prensa. Cuando lo he hecho no sabía muy bien cuáles eran mis motivos. Por qué me interesaba por algo que me quedaba tan lejos geográficamente. Simplemente lo he hecho. Y mientras se lo contaba a alguien pensaba si no me estaría equivocando, aun cuando es casi seguro que la historia quede en nada.¿Realmente existía alguna posibilidad de que yo me marchara tan lejos? En ese momento comenzaba a creer que no, que solo había sido un impulso. Algo que se hace y de lo que luego te arrepientes.

Pero mientras caminaba a casa, intentando retener mi tristeza en los límites de lo razonable, he cambiado de idea. Sí quiero irme, marcharme lejos de aquí, de la vida que me he buscado con mis errores y, sobre todo, con mis aciertos. Si en ese momento me hubieran dicho “vente mañana”, no lo habría dudado un instante. Sin maleta, sin posesiones, sin pasado. Me habría marchado con la mente puesta en una sola cosa, no volver a andar el mismo camino.

He parado en el videoclub y he hecho lo que la gente que no tiene ningún plan mejor que pasar solos el fin de semana, aunque no quieran, suele hacer. Alquilar una película. Bueno, dos. Una estupenda y triste, otra peor pero de puro entretenimiento, de encefalograma plano. Acabo de ver esta última y no me ha hecho sentir mejor, quizás porque esta vez si he visto y sentido el lado triste de la historia.

Pero no importa. También saldré de ésta. De las decepciones nuevas, las antiguas, las incondicionales. Volveré a arrancarme la tristeza a golpe de bromas, quizá. O a golpe de racionalidad, si eso no funciona.

De momento, este fin de semana, por primera vez en mucho tiempo apagaré el móvil. Estaré completamente incomunicada, o al menos lo intentaré. Acudiré a los compromisos ya concertados, pero no aceptaré ninguno nuevo. Este fin de semana haré un análisis de lo que hice bien y lo que hice mal, para no repetirlo. Para no cometer de nuevo el error de implicarme en una relación y “viciarla” con mis hábitos. Esta vez voy a romper la regla. No pasaré las horas esperando llamadas que, de antemano, sé que no van a llegar. Esta vez, no pienso quedarme esperando en la vía mientras veo como el tren se aleja. Ahora, yo iré montada en él. Sola.

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November 27, 2002

Posted by Tindriel in Yo soy yo.
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17.26

Siempre me ha gustado organizar las cosas. Un amigo piensa que es por la sensación de poder, pero no es cierto. Para mí, organizar una cena, una fiesta, cualquier cosa, es muy parecido a hacer un regalo (que a la gente que quiero suelo hacer sin que vengan a cuento).

No organizo las cosas para creerme mejor, con más poder, con más capacidad de decisión. No. Lo hago porque sé que la gente que asista lo va a pasar bien, y eso suele compensarlo todo.

El problema está cuando pierdes la ilusión, las ganas de contribuir a la sonrisa de alguien. En definitiva, cuando se convierte en una obligación, cuando pierde su sentido. Como lo de regalar en Navidad.

Encima si las cosas no salen bien, si lo que quieres no puedes hacerlo, te desilusionas más. Y el interés cae gota a gota por el desagüe de las causas perdidas, de los sueños olvidados.

Tantas líneas para no decir nada. Para contar que estoy cansada. Que voy a renunciar. No hoy, tranquilos, pero sí la noche del 19 de enero.

November 25, 2002

Posted by Tindriel in La vida, Yo soy yo.
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13.13

Lo inevitable siempre termina por pasar. Da igual lo preparado que creas estar, lo mucho que hayas intentado mentalizarte. Da lo mismo, porque va a pasar y nunca vas a estar preparado para ello. Eso sí, el golpe puede llegar a ser menor.

El fin de semana ha sido extraño. Lleno de escenas kafkianas. Rodeada de una sensación de irrealidad parecida a la que tienes cuando fumas más de la cuenta. Sigo sintiéndome así, aunque poco a poco voy aterrizando.

Quizás no haber derramado una sola lágrima haya aportado su granito de arena ha esa sensación. Llevo tres días viendo las cosas desde fuera. Advirtiéndo todo el ridículo de escenas que deberían provocar dolor. Riéndome de cosas que no tenían mucha gracia, que deberían haber empañado mis ojos. Porque, a pesar de todo, yo le quería. O eso creo.

Un amigo me dijo este fin de semana que lo que había demostrado era que podía ser muy fuerte, que era más fuerte de lo que todos pensábamos. ¿Tenía razón? Creo que no. Soy fuerte, lo sé. Más de lo que podría parecer a primera vista. Siempre lo he sido. Los golpes de la vida, que han sido muchos, me han endurecido y han acabado creando un armazón a mi alrededor. Tenía dos opciones cuando me pasaba algo: lamentarme o asumirlo. Probé lo primero, sentirme desgraciada, injustamente tratada por una vida que parecía divertirse destruyendo todo lo que yo creaba. No funcionó. Sentirme así no me ayudaba. Así que pasamos a la siguiente fase. Asumir las cosas, ¿y qué mejor manera de hacerlo que riéndote de ellas? ¿Buscando lo absurdo del dolor? ¿Contándolas tantas veces que al final las palabras perdían su capacidad de volverse armas? ¿Ridiculizar las escenas al máximo para convertirlas sólo en recuerdos, no en algo vivo que aún pudiera doler?

Pero eso tampoco funcionó. Lo llevé al extremo y ahora estoy aquí de nuevo. En un desierto que creí abandonar hace un año. Dispuesta a no llorar, capaz de controlar las emociones hasta el límite. Convencida de que nadie volverá a hacerme daño porque no voy a darle la oportunidad. Decidida a no volver a sentir. Y eso es lo que me pasa ahora. Que no siento nada. Ni alegría ni tristeza. He aceptado lo que ha ocurrido este fin de semana como si no me hubiera ocurrido a mí, como si se tratara de una película que había ido a ver al cine.

¿Fuerte? Sí, pero no sólo. Además muerta de miedo por darle a alguien un poder del que puede hacer mal uso. Creyente de que el daño que pueda hacerme yo con esta decisión siempre será menor que el que me puedan hacer otros.

November 22, 2002

Posted by Tindriel in Aquellos maravillosos..., Yo soy yo.
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14.30

Recuerdos de mi infancia vienen a mi cabeza en tropel. Debería llorar, pero no puedo. Quizás porque estoy en el trabajo, quizás porque me he vuelto a secar de lágrimas.

Recuerdo cada sonrisa, cada palabra amable, cada caricia. Cosas que había olvidado hace años y que, de pronto, reaparecen. Como si sólo estuvieran esperando la señal para salir disparadas. Recuerdo incluso las imágenes satinadas de las fotografías. Aquellas escenas que viví pero no recuerdo, se presentan como fragmentos de una realidad que ahora tengo que recuperar y esforzarme para no perder de nuevo. Porque esta vez quizás sea la definitiva.

Recuerdo una escena, cuando existían los billetes de 100 y 200 pesetas. Estábamos en Sotillo toda la familia. Yo, como casi siempre, iba a mi aire. Era la más pequeña, sólo tenía un primo de mi edad. Pero era chico e iba con los otros chicos. En un momento, alguien comenzó a repartir una paga para que fuéramos a comprarnos algo a la tienda. Yo llegué tarde, y me quedé sin nada. Recuerdo que lloré, no porque no tuviera dinero como los demás, sino porque para ellos no contaba como los demás. Me habían olvidado, y había sido tan fácil…

Me fui a una esquina, sola, a rumiar la amargura del primer olvido. La primera disculpa tras la primera puñalada. Entonces él vino hacia mí. Me miró, se sentó conmigo y me abrazó. Me besó el pelo mientras me repetía que no llorara, que era muy especial y que si alguien no se había dado cuenta, y por eso me había olvidado al contar, es que era tonto. Me volvió a abrazar. Secó mis lágrimas, se levantó y de su bolsillo sacó un billete de 200 pesetas, mucho más de lo que les habían dado a los demás. Entonces mis padres no tenían mucho dinero y ese billete era una fortuna para mí. Me quedé mirándole con cara de sorpresa mientras me lo ofrecía. Sonrió y me dijo que merecía más que los demás, porque yo era muy especial.

Nunca gasté ese dinero. Era la prueba de que mi abuelo me quería. Hoy me encantaría saber donde está el billete. Querría cogerlo, acercarme a su cama y ponerlo entre sus manos. Para recordarle lo que una vez nos unió. Para decirle que yo también le he querido siempre. Aunque él no pudiera entender mis palabras ahora.

November 22, 2002

Posted by Tindriel in Literatura.
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12.58

Mis esquemas de lectura nunca han sido muy lógicos. Quiero decir para los demás, para mí seguían una lógica aplastante. si conseguía engancharme un autor, devoraba todo lo que había ecrito de una vez. Eso a veces era complicado, porque el autor podía tener una ingente producción (por ejemplo Shakespeare). Por eso siempre me han gustado las ediciones de “Obras completas”. me permitían comprar sólo un volumen y sabía que tendría lectura para un tiempo. Lo malo, que mi biblioteca parece hasta pequeña, ya que en 1 volumen puede haber 5 libros, pero sólo ocupa como uno. Después de devorar todas las palabras usadas por alguien, necesitaba una etapa de desintoxicación, y pasaba a leer cosas muy diferentes. Otras veces me cansaba antes de terminar, no con un autor sino con un estilo. La última vez con la literatura china. Leí “La montaña del Alma” y después unos 15 o 20 títulos de autores de aquel país. me compré todo lo que encontré. Pero me cansé del misticismo oriental antes de terminarlos. Algunos crían polvo desde hace 1 año, y no sé si alguna vez abriré sus tapas.

Acabo de terminar un libro cuyas secuelas me gustaría poder leer ahora, por desgracia parece que tardarán en llegarme unas dos semanas, así que mientras debo leer otras cosas. Anoche, mientras decidía qué leer ahora recordé que me quedaban 4 días para comenzar el doctorado, y que las lecturas sobre periodismo las tenía algo olvidadas. Así que me dirigí a esa sección de mi biblioteca dispuesta a rebuscar entre sus volúmenes (sí, tengo las estanterías clasificadas por materias, no por autores, de modo que, por ejemplo, Muñoz Molina tiene su hueco en dos estanterías diferentes, en vez de estar todos juntos).

La verdad es que no lo pensé mucho y elegí el último premio Espasa de Ensayo. Las razones, muchas y diferentes. La principal, que varios compañeros lo están leyendo, o ya lo han leído, y pensamos montar una de nuestras tertulias en torno a lo que Arcadi Espada comenta. Así que empecé a leer. Estructurado en meses, ya he acabado con enero. Y no pude resistir la tentación de leer sus apuntes del 11 y el 12 de septiembre de 2001.

Llevo unas 30 páginas del libro, pero ya puedo decir que no me gusta. No me gusta su estilo, aunque tampoco me gustan el de Cela o Gala y hay que ver dónde han llegado. Pero sobre todo, no me gusta lo que dice. Sus afirmaciones, algunas categóricas, no se sustentan en ninguna base y hay que leer otros libros suyos para entenderlo. Y no estoy dispuesta.

No soy un gran ejemplo de defensa del periodismo actual, quienes me conocéis lo sabéis. Me gustaría que muchas cosas cambiaran, pero los argumentos y las críticas de Espada no me parecen las correctas. Por ejemplo no puedes decir “Los periódicos mienten”, y no explicar por qué. Sobre todo si estás hablando de un hecho concreto. Tampoco puedes subestimar el poder de las ediciones especiales. Cuando habla de los atentados del 11-S, echa en cara a El País que cambiara su titular de portada el día 12. Según él, nadie vió la edición especial que titulaba “América, atacada”. Bueno, pues mis recuerdos no son esos.

Yo estaba en la redacción cuando ocurrió. No podíamos despegarnos de la tele, ni de la radio. Contínuamente mirábamos las actualizaciones de las ediciones digitales, así como los teletipos de agencia. A las siete de la tarde, una compañera y yo bajamos al Vips a comprar las ediciones especiales. Una para cada redactor. La cola de gente que esperaba era impresionante. Todos miraban hacia la puerta esperando ver a los repartidores. Entraban, echaban una ojeada a los periódicos y paciéntemente se ponían a la cola. La gente quería saber, necesitaba ver sobre el papel lo que había ocurrido, como si el hecho de que saliera publicado lo hiciera más real. La gente estaba allí, en la calle, esperando. Posiblemente esa fue una de las pocas ediciones especiales que los diarios han rentabilizado. Arcadi Espada cree que no. Que la gente se quedó en casa. Que nadie vió esos diarios.

Bien, yo los tengo guardados. Mi padre también. Y esa fue una de las pocas veces que mi madre comprendió que quisiéramos guardarlos. Cuando Arcadi quiera, se los enseño.

November 21, 2002

Posted by Tindriel in Literatura.
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18.06

Lo que parecía imposible ha sucedido. Las palabras han vuelto a su lugar. Perdidas durante unos meses, han regresado tan en silencio como se fueron. Y he tardado en darme cuenta. Siempre supe que eran importantes para mí, y cada vez que se han marchado, he sentido como si me arrancaran una parte de lo que soy, como si ya no estuviera completa.

Ahora sólo tenemos que reencontranos, ajustar nuestros mecanismos para que todo vuelva fluir. No será fácil, nunca lo es. Pero la sonrisa que me provoca saber que están ahí, latiendo, hace que merezca la pena. Al menos, aunque de vez en cuando las pierda, sé que siempre me quedarán ellas. Mis amigas. Las palabras.

PALABRAS November 21, 2002

Posted by Tindriel in Relatos.
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Y las palabras salieron del libro. Después de años de usos y abusos, habían encontrado la forma de hacerse reales. Y, de un pequeño saltito, consiguieron escapar de las rejas del papel. De la cárcel de las tapas de cuero y piel.
Todas salieron al mismo tiempo, creando un caos imaginario en la pequeña mesa del escritor. Las hojas que antes las contenían, estaban ahora vacías. Y el volumen, ya no tenía nombre. Miles de palabras, millones de letras repetidas una y otra vez, decidieron pasearse por la habitación. Viendo por primera vez aquello a lo que, sin saber por qué, daban nombre.
La última en saltar miraba asustada a todas partes, intentando apaciguar un ánimo demasiado exaltado. pero no sabía como acallar el zumbido insolente que el baile de palabras estaba creando. Un ronroneo al principio inapreciable que, poco a poco, estaba acallando el resto de sonidos del exterior.
Las palabras caminaban juntas, se subían las unas a las otras, intentaban descubrir un mundo que se había quedado sin nombre. En el que, ahora, todo era caos. Intentaban organizarse con algún sentido, comunicarse unas con otras. Pero sólo sabían qué eran ellas. No entendían que querían decir las mismas letras que las formaban, en otro orden.
Y “silla” no era capaz de encontrar aquello a lo que nombraba. Como si al salir del libro, hubieran dejado de existir. Como si su significado ya no valiera nada. Todas estaban perdidas en un mundo demasiado grande. Poco a poco se fueron juntando aquellas que eran iguales entre sí. Separadas unas de otras. Con un muro de recelo entre cada grupo. Ninguna se atrevía a romper el orden. Tras el primer deseo de aventura, había llegado el miedo a lo desconocido. Y ya se sabe que, cuando no se le puede poner nombre, el miedo es siempre mayor.
Fue entonces cuando el escritor, viejo, canoso, entró temblando en el despacho. Miles de palabras, millones de letras, se mostraron ante él con una consistencia desconocida. Todas las palabras que durante años había utilizado, incluso aquellas cuya existencia ignoraba, estaban ante él. Podía tocarlas, jugar con ellas. Colocarlas formando frases para ver su efecto antes de apresarlas entre la celulosa y la tinta.
Miró la estantería y pudo ver que aquel libro al que solía llamar “diccionario”, yacía inerte sobre una balda. Sus hojas estaban en blanco, el color de las tapas sólo se veía interrumpido por el oro del ribete. ya no tenía nombre, ya no era útil. Y él no recordaba cómo se llamaba aquel libro. Ni siquiera podía saber qué era. Su mente estaba tan vacía como aquellos folios. Las palabras también habían escapado de él, y poco a poco iban llenando aquella habitación.
Sin saber por qué, ni qué hacía, cerró los ojos y se echó a llorar. Bajo una lluvia salada, las palabras, poco a poco, regresaron cabizbajas a su última morada. Sabían que, fuera de la seguridad de aquella cárcel, eran sustituibles. Fuera de los libros no eran nada.

SEGUNDA PARTE November 20, 2002

Posted by Tindriel in Relatos.
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El leñador salió de la casa y siguió su camino. Había cumplido su misión y dejaba atrás otra lucha a muerte. No quiso echar un último vistazo hacia el salón en el que había dejado a una dulce ancianita, una dulce niña y un malvado lobo, que ya no respiraba. Pensó que nada podría salir mal ahora que el peligro estaba tendido en una mullida alfombra.

La niña miraba aquel pellejo gris mientras se escondía en los brazos de su abuela. Había querido abrazar al leñador, agradecerle lo que había hecho. Pero el miedo había pegado sus pequeños zapatos al suelo de la cabaña. Aún seguían pegados. Mientras, su abuelita le acariciaba cariñosamente el pelo mientras repetía, con voz cada vez más cansada, que ya había pasado todo.

Rompieron el mágico hechizo del abrazo. Sacaron el cuerpo inane de la casa. Y esperaron que el mundo recuperara la normalidad. La niña no quiso sacar la tarta, ni la miel, ni las flores. No quería, o no podía hacer nada. Tan solo mirar la mancha roja que hacía juego con su vestido. La abuela decidió mandarla a casa. Ya no había lobo. Ya no había nada que temer.

Un efímero beso juntó las mejillas de las dos edades. Y la niña no pudo evitar pensar que, quizás, ésa era la última vez. Luego emprendió el regreso a casa. A la seguridad del hogar. Mientras caminaba, intentaba mirar el camino como algo nuevo, como parecían verlo los demás.

Pero algo se lo impedía. Faltaba algo y, en cierta forma, lo echaba de falta. Al menos antes sabía a qué debía tenerle miedo. El leñador, con su hacha y su buena intención, había destrozado el delicado equilibrio en el que flotaba. Había hecho desaparecer el peligro, pero no el miedo. Éste, si cabe, era ahora mayor.

Porque ahora no tenía forma, ni nombre, ni color. Ahora no podía unirse a nada. Ni podía descartarse a nada.

El leñador había acabado con el lobo, y con las leyendas asociadas a él. Pero había dejado vivos al resto de fantasmas que rondaban el bosque. Y seguía habiendo lobos, la niña lo sabía. Aunque desconocía dónde se escondían, de dónde saldrían la próxima vez.

Recordó que debía estarle agradecida al leñador, que debía haberle dado las gracias. Y le odió por ello. Por acabar con sus esquemas. Por destrozar el equilibrio sin preocuparse de construir otro. Por no mirar atrás cuando dejó la casa. Y deseó que el lobo hubiera ganado aquel combate. Que hubiera acabado con todos. Así al menos, en el estómago del lobo, no habría estado sola.

November 20, 2002

Posted by Tindriel in Trabajo.
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11.20

Odio abrir el correo y que esté casi saturado de mensajes tontos y de Spam. Una de mis cuentas sólo la reviso una vez al mes y siempre consiste en la misma operación: abrir la bandeja de entrada, seleccionar todo y eliminar. Es triste cuando sabes que no vas a recibir nada interesante.

Por suerte me quedan otras cuentas de correo a las que sí llegan esa clase de mensajes que te alegran el día. Bueno, llegan a veces. Otras está más vacío que mi nevera.

Volver a la rutina nunca es agradable, menos si has estado una semana desconectada de ella. Las mismas caras cada día, a veces incluso las mismas frases. Las mismas discusiones sobre las mismas cosas. El deseo, intacto, de que te toque la lotería y poder montártelo por tu cuenta. Y saber que en algún lugar existe el trabajo ideal para tí, pero que está muy lejos.

Pero pensemos en cosas agradables. Ayer fue un buen día. Conseguí mi primer “confidencial”. Esa información que te dan para que publiques, pero sin citar fuentes. No es que sea el primer “soplo”, pero sí el primero que mi jefe considera digno de mención, por aquello de que es de Nacional y no de Cultura.

Y también encargué mis dos trajes para el REV de diciembre. Mi Web ha gustado a todos, y he recibido llamadas de felicitación por el trabajo bien hecho. Me compré unos libros que tenía ganas de tener y leer, y estoy devorando uno que he recibido de regalo estos días. De hecho, ya he encargado la segunda parte (suerte que lo edita la empresa en la que trabajo y tengo descuento).

Y hoy he hecho la misma encuesta que todos. El resultado, predecible siendo yo.

You are Kermit!
Though you’re technically the star, you’re pretty mellow and don’t mind letting others share the spotlight. You are also something of a dreamer.

November 19, 2002

Posted by Tindriel in Pasiones, Telegramas.
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16.18

De vuelta al mundo real. 10 días después de abandonarlo, el regreso ha sido apoteósico. Más que nada porque en cuanto ha llegado mi jefe (20 minutos después que yo) me ha encargado dos “marroncitos” muy poco apetecibles. A uno de ellos ya estoy más que acostumbrada, el otro a la que le va a costar digerirlo es a mi madre.

De las vacaciones… no sé por dónde empezar. Hacer una crónica sería demasiado largo, así que sólo haré apuntes. Quizás con el tiempo los vaya haciendo más extensos.

Lunes:
Mi primera visión: un cartel que anunciaba “Fiesta española todos los viernes con Dj’s de la Cadena SER”. Alucinante. Lo segundo, la estatua de Joyce (momento en que supe que caminaba en dirección contraria a la deseada). Dar la mano al sobrino de mi “héroe”, inesperado (y quedé como una imbécil). Caminar por las calles imaginadas durante años. Descubrir que estrenaban Harry Potter el viernes. Los cronómetros de los semáforos, para impacientes.

Martes:
El cuadro que me enamoró. El libro detras del que pasé una semana, sin encontrarlo. Las librerías de viejo y segunda mano. El anticuario con un ejemplar de la primera edición inglesa del Ulysses. Cómo aprender mucho sobre religiones en una visita a un museo.

Miércoles:
La decepción de un museo. El deseo de permanecer quieta, para siempre, en una biblioteca impresionante. Caminar bajo la lluvia. Catedrales. Más librerías. Empezar a echar de menos.

Jueves:
Más lluvia. Más paseos. Más Internet (más barato). Conseguir entrar a ver Harry Potter y reirme como el que más. Echar más de menos. Ganas de hablar.

Viernes:
El rey León, en español, por 3 euros. Más libros. La mochila nueva para meter las compras. El atasco camino al aeropuerto. La despedida del cuadro. La conversación (sobre Dublín, Irlanda, arte y nacionalismos) con el vigilante (del Sinn Fein) de un museo. La promesa de volver con más tiempo. La tienda de lencería que se convirtió en Sex Shop. El viaje en avión bajo la lluvia. Superar el miedo. Repartir regalos.

Sábado:
El aeropuerto, mi segundo hogar. La llegada a tierra extraña. El helado (muy muy bueno).

Domingo:
El partido de rugby, o cómo 5 mensistas intentan descubrir las reglas de un juego. Las supernenas, el niño de la batería. La comida. Las risas. El catalán. Intentar conocer más a los que están lejos. Descubrir que quizás, a quien yo creí caer mal, no le disgustaba tanto. Los recuerdos.

Lunes:
Llamada al jefe. Miedo al despido. El desmentido. Otro viaje, éste de regreso. El Imax. La Góndola cerrada, el homenaje a la cena de septiembre. Anécdotas. Impresoras trepadoras y otros misterios de la informática. La noticia. La dedicatoria. Las no parejas.

Además, los Simpson y Friends en versión original. El español impronunciable, o cómo no entender “Deportivo de A Coruña” en boca de un Irlandés. La española borde (yo) que invariablemente repetía a los extraños “I don’t understand” cuando intentaban establecer comunicación (incluso cuando segundos antes hablaba por el móvil con mi madre en un castellano perfecto). Más Harry Potter. Ulysses ya no cabe en mi habitación.